Los “Frentes Amplios” pavimentan el camino a la ultra-derecha y el fascismo
Hace unos quince años, José Mujica planteó que la salida para Uruguay era “subirse al estribo de Brasil”. En esa época gobernaba Dilma Rousseff, y el presidente uruguayo fantaseaba con una mayor integración productiva y un despegue económico de la mano del gigante norteño. La crisis internacional pronto agotó la experiencia “lulista”, y abrió paso al golpismo y la ultra-derecha del (primer) bolsonarismo.
Cuando triunfó Yamandú Orsi en 2024, algunos analistas pensaron que Uruguay se integraría a los BRICS y continuaría ese planteamiento mujiquista, en un nuevo período de Lula en la presidencia. Sin embargo, el gobierno del Frente Amplio tomó distancia de Itamaratí en nombre de “mantenerse neutrales” en el enfrentamiento entre EE. UU. y China. En el último año, Orsi se acercó cada vez más a los gobiernos de derecha, en particular con el chileno Kast y su “Compromiso de Santiago” -una especie de “Escudo de las Américas” trumpista, pero formalmente sin Estados Unidos. El planteamiento de este grupo regional es el “combate al crimen organizado” y la “inmigración ilegal”, por lo que se inscribe claramente en la política del Departamento de Estado. No es nada casual que participan Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador… pero no Brasil.
Orsi se solidarizó con los gobiernos de Chile y Bolivia cuando enfrentaron grandes movilizaciones de masas en protesta por “naftazos” y ajustes antipopulares. Justamente son esas puebladas y huelgas las únicas que pueden derrotar a los gobiernos fascistas. El presidente frenteamplista le da la espalda a cualquier lucha popular y se acerca a los gobiernos derechistas.
Esta orientación es coherente con el ataque al derecho de huelga -a través de los “servicios esenciales” (disfrazados) en el puerto, el despliegue de tanquetas militares en los barrios populares, y el presupuesto que mantiene a la educación en la indigencia. Las luchas de los estudiantes contra las medidas del CODICEN, y los paros portuarios por mejoras salariales, muestran una tendencia de los explotados a salir del reflujo que le imponen las direcciones sindicales subordinadas al gobierno.
Trumpismo y Bolsonarismo
Con el avance del bolsonarismo en las elecciones en Brasil, el el presidente de EE. UU. se anota otra victoria en el proceso de convertir a América Latina en un protectorado yanqui. Además de la intervención militar en Venezuela para secuestrar a su presidente, Trump intervino abiertamente en todas las elecciones del continente -para sostener a su títere Milei o para imponer a nuevas marionetas en Honduras, Colombia o ahora Brasil. Hay que decir que el presidente yanqui está teniendo mejor suerte en su “patio trasero” que dentro de su propia casa. Todas las encuestas pronostican que sufrirá una derrota en las elecciones legislativas de noviembre. El alza del costo de la vida y las políticas de quita de beneficios sociales para financiar la guerra y las rebajas impositivas a las grandes corporaciones y los mega-millonarios, está provocando creciente indignación en los estadounidenses. El matón instalado en la Casa Blanca no tiene la menor intención de detener la guerra imperialista ni de hacer concesiones a los trabajadores: si pierde el control del Congreso apuntará a gobernar por decreto y a profundizar la represión de las protestas.
La política del imperialismo -la llamada “doctrina Donroe”- apunta a establecer un férreo control sobre los recursos naturales del continente (petróleo, gas, minerales raros) y contener la creciente influencia china en la región. En el marco de una guerra mundial en desarrollo, los regímenes políticos latinoamericanos deben estar rotundamente subordinados al Departamento de Estado yanqui. A diferencia de otras épocas en que el imperialismo decía intervenir para traer progreso o democracia, ahora Trump reconoce impúdicamente que se trata de apropiarse del petróleo y de golpear a las potencias rivales. Quien busca aniquilar las libertades democráticas en su propio país, no puede hacer siquiera demagogia con la democracia en Venezuela o Cuba. Por el contrario, Trump se ha jactado de que “Lo que hicimos en Venezuela… es el escenario perfecto. (…) Todos han conservado su trabajo, excepto dos personas” (New York Times, 1/3). María Corina Machado sigue esperando que Marco Rubio la autorice a retornar.
La instalación de gobiernos de ultra-derecha y potencialmente fascistas nace de la tendencia del capitalismo a la guerra -y su consecuencia inevitable de privaciones populares y quita de conquistas. Cuando los gobiernos cortan con motosierra los beneficios sociales, para aumentar el presupuesto militar, se producen grandes luchas e incluso levantamientos populares (como ahora en España en torno a la vivienda o en Francia en relación a la educación). La burguesía no puede ofrecer otra “salida” que la represión y la barbarie social. Para llevar adelante este proceso “liberticida”, apelan a una agitación fascista contra los inmigrantes, una bandera demagógica que apunta a dividir a la clase obrera y a justificar medidas represivas.
Impotencia
Las burguesías latinoamericanas están tironeadas entre sus tradicionales patrones “occidentales” y los nuevos socios comerciales “orientales”. China se ha convertido en el primer destino de las exportaciones de la región, mientras que las finanzas están dominadas por el FMI y Wall Street.
El fin del lulismo y del chavismo no se puede explicar simplemente por la ‘traición’ del tal o cual dirigente. Refleja la impotencia de la “burguesía nacional” en un cuadro de decadencia del capitalismo mundial y de guerra imperialista. La cobardía de Orsi no hace más que reflejar esa incapacidad histórica de la pequeña burguesía nacionalista para enfrentar al imperialismo.
La derecha se ha favorecido de la incapacidad de los “progresistas” para producir algún progreso social y contener la descomposición de la sociedad. Es imposible combatir al fascismo de la mano de la burguesía democrática que le abrió el camino con su fracaso. La lucha contra el fascismo no triunfará a través de frentes electorales “democráticos” sino de la lucha de masas y la huelga general. La única salida progresiva para América Latina no es un inviable retorno al lulismo o el chavismo, sino hacia adelante: hacia una federación de repúblicas socialistas de trabajadores.





