Guerra imperialista, saqueos de recursos y militarización de las fronteras europeas
La migración hacia Europa es un fenómeno estructural del siglo XXI. No se explica por decisiones individuales, sino por las transformaciones económicas y políticas del capitalismo, que genera un desarrollo profundamente desigual.
Los países capitalistas desarrollados concentran la riqueza y la tecnología. Los países periféricos enfrentan pobreza, desempleo y deterioro de las condiciones de vida.
Las cifras muestran la dimensión del fenómeno. En 2024, 4,2 millones de personas emigraron a la Unión Europea desde países no pertenecientes al bloque. A esto se sumaron 1,5 millones que se trasladaron entre países de la propia UE (Eurostat, 2026). La movilidad humana es parte de la realidad estructural europea.
Al mismo tiempo, Europa necesita trabajadores. La agricultura, la construcción, los cuidados y los servicios dependen de trabajadores provenientes de otros países. La propia UE reconoce sectores con dificultades para cubrir puestos de trabajo, en un contexto de envejecimiento demográfico (Comisión Europea, 2026).
Aparece entonces una contradicción central: estos países dependen de la mano de obra migrante, pero no reconocen los mismos derechos como asalariados. El capital necesita fuerza de trabajo disponible y flexible, a la vez que los estados levantan cada vez más obstáculos para quienes intentan ingresar.
La mano de obra migrante es utilizada como fuerza barata y flexible. Esto no significa que los trabajadores migrantes sean responsables de la pérdida de derechos o de la caída de los salarios. El problema está en la forma en que el capital utiliza las diferencias sociales y jurídicas entre trabajadores.
Marx analizó esta cuestión con el concepto de ejército industrial de reserva. El capitalismo genera una población trabajadora que puede ser incorporada o expulsada del mercado laboral según las necesidades de la acumulación. Esa reserva ejerce presión sobre las condiciones laborales de quienes están empleados (Marx, 1867).
Por eso, enfrentar la precarización requiere unir a trabajadores migrantes y trabajadores europeos. El problema no es quien llega desde otro país para trabajar. El problema está en un sistema que utiliza la división entre trabajadores para reducir salarios, debilitar derechos y aumentar las ganancias.
Pero las migraciones no se explican solamente por razones económicas. Millones de personas abandonan sus países porque las condiciones de vida se vuelven insostenibles. Guerras, persecuciones, pobreza extrema y crisis políticas obligan a millones a desplazarse.
Muchas de estas situaciones están relacionadas con conflictos internacionales y disputas por recursos y mercados. Las grandes potencias intervienen económica, política y militarmente en distintas regiones. Las consecuencias de esas disputas recaen sobre las poblaciones civiles.
África es uno de los ejemplos más dramáticos. La explotación de sus recursos, las guerras y la dependencia económica empujan a miles de jóvenes a abandonar sus países. Los gobiernos europeos presentan el problema como una cuestión de seguridad y refuerzan las fronteras.
El episodio reciente en Ceuta y Melilla permite observar esta realidad. El intento masivo de ingreso desde Marruecos hacia los enclaves españoles dejó al menos 57 personas muertas.
No se trata simplemente de una acción de “mafias”, las redes de tráfico y explotación existen, pero su existencia también está vinculada a la ausencia de vías legales y seguras para migrar. Cuando las fronteras se cierran, las personas quedan obligadas a utilizar rutas cada vez más peligrosas.
Ceuta y Melilla son además territorios atravesados por una disputa “geopolítica” que excede la cuestión migratoria. El estrecho de Gibraltar es un punto estratégico (de “estrangulamiento”) para el comercio y el despliegue militar. La situación del Sahara Occidental, las relaciones entre España y Marruecos y los intereses de la OTAN en el norte de África forman parte de una trama política que no puede separarse de la crisis migratoria.
La migración aparece vinculada a la disputa imperialista por territorios y recursos. Las poblaciones africanas sufren las consecuencias de una estructura internacional en la que las grandes potencias defienden sus intereses mientras millones viven en pobreza y dependencia.
La respuesta de los gobiernos europeos es la militarización. Más controles, más vigilancia, acuerdos con países de tránsito para detener migrantes y mayores obstáculos para acceder al asilo.
El nuevo Pacto sobre Migración y Asilo de la UE comenzó a aplicarse el 12 de junio de 2026. Entre sus mecanismos se encuentran procedimientos comunes de registro, procedimientos de asilo y retorno más rápidos y mecanismos para reforzar la protección de las fronteras exteriores.
Las rutas migratorias muestran el costo humano de esta política. Según la Organización Internacional para las Migraciones, en 2025 se registraron al menos 3.403 personas muertas o desaparecidas en las rutas migratorias hacia Europa. En 2024 fueron 3.812 y en 2023, 4.114 (OIM, 2026).
Mientras tanto, la extrema derecha utiliza estas tragedias para profundizar el racismo y la xenofobia. Los migrantes son presentados como responsables de la inseguridad, el desempleo y la presión sobre los servicios públicos.
Es una operación política que desplaza la responsabilidad. Un trabajador migrante no es responsable de que falten viviendas, de los bajos salarios ni de los recortes en salud o educación.
La cuestión migratoria permite observar una característica central de la crisis del capitalismo: mientras existen enormes cantidades de riqueza, millones de personas no pueden garantizar condiciones mínimas de vida.
El capital circula internacionalmente buscando mayores ganancias. Las empresas trasladan inversiones y contratan trabajadores allí donde los costos son menores. Pero cuando los seres humanos intentan atravesar las fronteras buscando una vida digna, aparecen muros, policías, ejércitos y centros de detención.
No alcanza con lamentar las muertes en el Mediterráneo ni con pedir políticas migratorias “más humanas”. Hay que enfrentar las causas que obligan a millones de personas a migrar.
Primero, terminar con la criminalización de la migración. Europa debe garantizar vías legales y seguras de ingreso, derecho de asilo y protección para quienes huyen de guerras y persecuciones.
Hay que terminar con la militarización de las fronteras y con los acuerdos mediante los cuales la UE traslada el control migratorio a países como Marruecos, Libia o Túnez. No se puede convertir a otros Estados en policías de las fronteras europeas mientras se ignoran las condiciones que empujan a las personas a migrar.
Solo la unidad de la clase obrera europea y de los trabajadores de los países oprimidos, bajo un programa independiente y socialista, puede enfrentar esta crisis. La lucha contra la explotación capitalista y el imperialismo es inseparable de la lucha por el gobierno de los trabajadores.