En los últimos años se ha instalado con fuerza la idea de que el desarrollo de la inteligencia artificial permitirá reducir la jornada laboral y ampliar el tiempo libre de los trabajadores. El argumento es sencillo: si las máquinas producen más en menos tiempo, las personas deberían trabajar menos sin perder salario.
Esta es la posición que ha sostenido Marcelo Abdala al afirmar que, en un contexto de revolución tecnológica y aumento sostenido de la productividad, resulta necesario revisar un régimen laboral pensado para otra época y avanzar hacia una reducción de la jornada de trabajo, de manera que las ganancias de productividad beneficien también a la población trabajadora. En otra intervención sostuvo que, si el incremento de la productividad no se acompaña de una reducción del tiempo de trabajo, “esa mayor productividad va a parar a la rentabilidad empresarial”.
“Es un debate que ya no se puede rehuir. Es algo que rompe los ojos la necesidad de ir discutiendo las mejores condiciones de vida para las trabajadoras y trabajadores, y cómo los adelantos, la ciencia y la evolución tecnológica, en definitiva, están impactando en el mundo del trabajo”, concluyó Castillo. 2026, 1 de julio, la diaria.
Sin embargo, esta perspectiva parte de un supuesto que merece ser discutido. La tecnología no transforma por sí sola las relaciones económicas. La inteligencia artificial no modifica la lógica del capitalismo, sino que se incorpora a ella.
En Uruguay existen experiencias sobre la reducción de la jornada laboral, como por ejemplo en las fábricas de cerveza. El gobierno ha descartado impulsar una ley y deriva todo al debate y la negociación tripartita, en los consejos de salario, condicionado a un consenso con la patronal.
En Chile a modo de ejemplo existe una ley nacional No. 21561 bajo el gobierno de Boric, donde se reduce de 45 a 40 hs semanales. Sin embargo la letra chica habilita lo que se entiende como banco de horas, lo que implica se puede trabajar más de 8 horas diarias no considerando horas extras siempre que no se supere el tope semanal.
Otras experiencias como los convenios de la FOEB en algunas fábricas que establecen la reducción de la jornada de 8 a 6 hs diarias sin perder productividad, lo cual implica mayor intensidad, por lo que la plusvalía extraída es la misma en menos tiempo. El obrero produce a mayor ritmo la misma cantidad de mercancías, por el mismo salario. Es necesario aclarar que no en todas las fábricas de la bebida se estableció este acuerdo, lo cual muestra que está condicionada a la conveniencia de la patronal, y no es una imposición a los capitalistas de conjunto a través de la lucha de la clase obrera. Por otra parte, ahora vemos cierres de fábricas y achiques en el sector cervecería, lo cual desmiente la tesis de que estas reducciones de la jornada acordadas con la patronal sean realmente una conquista permanente o una solución sostenible al fantasma del desempleo. Bajo el capitalismo, toda conquista es inestable y está amenazada por la tendencia del capital a maximizar la plusvalía extraída a costa de la salud y la vida del obrero.
La lucha por la reducción de la jornada laboral es una lucha legitima dado que es una lucha para limitar la extracción de la plusvalía absoluta (que es la que depende de la extensión de la jornada laboral sobre todo), el problema se centra en que los convenios anudados al mantenimiento o el aumento de la productividad son una concesión a la patronal y en definitiva redundan en trabajo a destajo o formas similares de mayor explotación.
La finalidad de la inversión tecnológica continúa siendo la misma que describió Marx: aumentar la productividad del trabajo (y por esta vía aumentar la plusvalía relativa), reducir costos y ampliar la acumulación del capital. En consecuencia, no existe ninguna razón para pensar que el incremento de la productividad vaya a traducirse automáticamente en una reducción de la jornada laboral. La historia del capitalismo demuestra precisamente lo contrario: los avances tecnológicos nunca distribuyeron espontáneamente sus beneficios entre quienes producen la riqueza.
Existe además una contradicción estructural que suele quedar fuera del debate. La inteligencia artificial puede aumentar la rentabilidad de empresas individuales sustituyendo trabajadores. Pero cuando esa lógica se generaliza aparece un problema mucho más profundo. Si disminuye el trabajo asalariado, disminuye también la capacidad de consumo de la población, agravando la superproducción de mercancías. Sin consumo no existe producción que pueda realizar plenamente su valor; sin realización del valor no hay acumulación sostenible.
Trotski en el programa de transición plantea la “Escala móvil de horas de trabajo” ante ante una crisis que plantea la reducción de personal, los despidos, el desempleo: es el reparto de las horas de trabajo entre los trabajadores (sin pérdida salarial), una medida inmediata para frenar el ataque patronal y garantizar la sobrevivencia de la clase obrera. Se trata de una reivindicación transitoria, justamente porque en perspectiva plantea la lucha por el poder para la clase obrera y la reorganización de la sociedad sobre nuevas bases (socialismo), ya que es una fantasía creer que va a ser permanente en el marco de la descomposición del capitalismo. Esta medida sólo puede imponerse a través de la lucha de clases, como una imposición al capital por la acción colectiva de la clase obrera, y no basada en la fantasía de una “salida en común” con los explotadores, ni atada a convenios subordinados a la productividad, e incluso puede plantearse para absorber el desempleo a través de un sistema de rotación entre trabajadores (varios turnos, etc.).
Marx ya había advertido esta contradicción al analizar la formación del ejército industrial de reserva. El capitalismo produce permanentemente una población excedente respecto de sus necesidades inmediatas de valorización. La inteligencia artificial no elimina esa población; por el contrario, corre el riesgo de ampliarla. El ejército de desempleados presiona a los obreros ocupados a aceptar peores condiciones de salario y derechos laborales, sólo la acción colectiva de la clase puede quebrar ese intento patronal por aumentar la explotación.
En ese escenario, la automatización no necesariamente reducirá la jornada laboral. Bajo las leyes del capitalismo, la tendencia es exactamente la contraria: una parte de los trabajadores será expulsada del mercado de trabajo mientras otra deberá sostener, mediante una mayor intensidad laboral, los crecientes costos asociados a la inversión tecnológica y a la competencia por elevar la productividad.
Por otra parte, la inteligencia artificial tampoco constituye únicamente una innovación técnica. Se ha convertido en un instrumento de disputa geopolítica. China ha impulsado el desarrollo de modelos de código abierto y una estrategia estatal de regulación entrando en directa competencia con el código cerrado predominante en las grandes tecnológicas norteamericanas. La discusión, por tanto, excede el plano empresarial y puramente económico, y se inscribe en una competencia global por el control del conocimiento, y el uso de datos para ponerlo al servicio de la guerra mundial en curso. La integración de la IA con el Estado y los aparatos militares y de seguridad, en el marco de un capitalismo en descomposición y de una guerra mundial imperialista, hace aún mas inviable esa ilusión de un proceso pacifico y negociable en donde ambas clases disfrutan los frutos del avance tecnológico, por lo tanto la ilusión del código abierto también es una apariencia. Un botón de muestra es la estrategia de Palantir.
Reducir el debate a una promesa de más tiempo libre implica desconocer la naturaleza del problema. La cuestión decisiva no es cuánto puede producir una máquina, sino quién controla esa capacidad productiva, quién se apropia de sus beneficios y bajo qué relaciones sociales se organiza su utilización. El control obrero y la nacionalización de las nuevas tecnologías es otra reivindicación transitoria del movimiento obrero en este contexto.
La inteligencia artificial no resolverá las contradicciones del capitalismo. Antes bien, tiende a profundizar la concentración de la riqueza, ampliar el desempleo estructural y aumentar la dependencia de quienes continúan vendiendo su fuerza de trabajo. Ya Aristóteles en La Política argumentaba que la esclavitud era necesaria pero que si los instrumentos del trabajo o herramientas pudieran trabajar solos ya no lo sería. La realidad histórica es que el avance científico y tecnológico no ha terminado con la explotación del trabajo sino que ha cambiado de forma (ahora esclavitud asalariada). La mayor productividad del trabajo humano hace posible la emancipación de los trabajadores, pero eso depende de la capacidad de la clase obrera de romper la subordinación a los capitalistas y su Estado, y luchar por el gobierno obrero y el socialismo. Sin revolución proletaria no habrá emancipación del trabajo, sino mayor esclavitud y creciente barbarie.
La verdadera discusión no es tecnológica. Es una discusión sobre el poder, la propiedad y el destino social de la productividad.
Las iniciativas de los trabajadores de la Industria y del SUNCA en defender la reducción de la jornada laboral es fundamental no en términos de consenso ni de política laboral, sino una expresión de la lucha de clases por disputar quién se apropia de los frutos del aumento de la productividad y cómo se distribuye el tiempo socialmente disponible. En ese sentido la reducción de la jornada laboral debe ser impuesta por los trabajadores sin permitir concesión alguna con las patronales imponiendolo a través de una lucha unificada y con los métodos históricos de la clase trabajadora, incluida la huelga.