Internacionales

La guerra imperialista contra Venezuela y América Latina

El trumpismo impulsa la colonización y cambios de régimen en la región

El hundimiento de más de 20 lanchas en el Caribe y el Océano Pacífico por parte de la flota de EE.UU., y el despliegue del portaaviones más poderoso del mundo en la zona, anticipa una intervención militar directa de Trump, buscando un cambio de régimen en Venezuela.

El gobierno yanqui afirma que su objetivo es el combate a lo que ha denominado “narco-terrorismo”. Los carteles de la droga fueron catalogados como “organizaciones terroristas” para justificar la militarización de las ciudades estadounidenses y también para ambientar la intervención militar en el territorio de otras naciones (México fue mencionado, Venezuela es un blanco inminente). Trump también ha definido al presidente Petro de Colombia como narco-terrorista, y también han sido bombardeadas lanchas con origen en ese país.

El matón que ocupa la Casa Blanca pretende avanzar en un régimen fascista en los EE.UU., ha enviado la Guardia Nacional (ejército) a grandes ciudades: Los Ángeles, Washington DC, Chicago, Portland, y amenaza con continuar con Nueva York y otras ciudades en las que gobiernan sus opositores. La guerra lanzada contra los inmigrantes busca aterrorizar a la población y ambientar la represión de toda protesta. Sin embargo, la respuesta popular ha sido lanzar las más numerosas manifestaciones de la historia norteamericana, la última de las cuales ha reunido a más de 7 millones de personas en 2.700 poblaciones. Las recientes elecciones realizadas en diversos Estados y ciudades han arrojado una derrota para el trumpismo. El presidente yanqui atraviesa además una crisis como consecuencia de la negativa a dar publicidad a los archivos Epstein, particularmente la lista de clientes de ese magnate y traficente de mujeres y niñas para su abuso sexual.

Trump -y su secretario del Tesoro Scott Bessent- intervinieron abiertamente para incidir en las elecciones parlamentarias de Argentina, chantajeando al pueblo con una debacle económica si no triunfaba Milei. El reaccionario presidente “liberticida” logró sortear una elección que amenazaba su continuidad: aunque perdió millones de votos respecto a la última elección nacional, logró la mayoría de las bancas en juego con una caída aún mayor del desprestigiado y descompuesto peronismo. La movida del trumpismo, utilizando los recursos financieros del Estado yanqui y la extorsión política abierta, refleja el terror del Nerón yanqui de que se le vayan cayendo sus peones en América Latina. En el marco de una guerra imperialista que se extiende cada vez a nuevas regiones y territorios, el imperialismo yanqui necesita tener controlado su patio trasero, con regímenes que defiendan sus intereses y le cierren el ingreso a los capitales y mercancías de sus competidores (sobre todo China y Rusia).

Las amenazas sobre Colombia probablemente aún no se concreten en acciones militares directas, dado que el año próximo se producirán elecciones generales. La presión y las provocaciones del trumpismo apuntan a fortalecer a la extrema derecha y las bandas fascistas en Colombia, donde no casualmente el ex presidente Uribe ha sido liberado por la Justicia a partir de presiones del imperialismo.

En Bolivia ha triunfado la derecha luego del fracaso y la descomposición del MAS de Evo Morales. El nacionalista MAS casi desapareció después de dominar el voto popular durante dos décadas, al punto de que existió un balotaje entre dos candidatos, uno derechista y otro ultra-derechista. El nuevo gobierno se alínea claramente con el imperialismo.

En Chile el “progresismo” de la centro-izquierda (incluido el Partido Comunista) ha llevado al desencanto y ha fortalecido a la derecha. La candidata “comunista” apenas logró superar el 26% y va a un balotaje contra el candidato derechista -que será apoyado por otras fuerzas políticas que todas juntas rondan el 70% de los votos.

En Ecuador, el reaccionario Daniel Noboa convocó a un referéndum para modificar la Constitución y el régimen político, buscando una completa alineación con la guerra de Trump en el continente. El gobierno fue derrotado en las urnas, fracasando su intento de habilitar la presencia de bases militares yanquis, entre otras reformas planteadas por el títere de Trump.

En Brasil, los gobernadores bolsonaristas -particularmente en Rio de Janeiro- lanzan una militarización y una masacre represiva en nombre de la guerra al narco. La derecha bolsonarista y el trumpismo están confrontando con el gobierno de Lula, a quien acusan de “no hacer nada contra el narcoterrorismo”. Esta militarización lanzada por la ultra-derecha apunta a implantar el terrorismo de Estado y en definitiva a acabar con el lulismo, y producir un cambio de régimen político.

En el caso de Venezuela, el régimen de Maduro expresa el agotamiento y la descomposición del proceso nacionalista. Mientras Hugo Chávez se jactaba de respetar los resultados electorales, Maduro ha apelado a todo tipo de maniobras para perpetuarse, frente a una oposición de derecha abiertamente proimperialista y fascista. Venezuela sufre una crisis económica y social que ha provocado la emigración de 8 millones de ciudadanos. Ante el fracaso en los intentos de un cambio de régimen, el gobierno de Biden se había inclinado por buscar un acuerdo con Maduro, habilitando las inversiones de la estadounidense Chevron en Venezuela. Trump pareció continuar con esa línea cuando arrancó su mandato, y su enviado Richard Grenell llegó a acuerdos con el régimen madurista. Pero finalmente no se prorrogó la licencia a Chevron para operar en Venezuela, y se impuso la línea del secretario de Estado Marco Rubio de impulsar un cambio de régimen abiertamente.

La clase obrera y los explotados de América Latina debemos enfrentar la guerra imperialista contra Venezuela, sin depositar ninguna confianza en los gobiernos llamados progresistas o nacionalistas. El nacionalismo latinoamericano protagonizó un nuevo fracaso histórico, y se está hundiendo en crisis políticas, descrédito popular y denuncias de corrupción. El imperialismo intenta aprovechar este cuadro para una mayor colonización económica y una guerra contra los trabajadores para liquidar sus derechos y conquistas. La clase obrera debe tomar la iniciativa para liderar la lucha anti-imperialista, a través de la acción de masas y no de la expectativa en la acción de gobiernos u organismos internacionales, todos ellos impotentes o abiertamente cómplices -como se ha demostrado en el Medio Oriente, frente al genocidio en Gaza y los bombardeos contra Irán y otros países de la región.

América Latina se ha convertido en un epicentro de una guerra imperialista entre potencias. Las “guerras locales” son en realidad distintos escenarios de una confrontación internacional, de alcance mundial, en la que participan todas las potencias de una u otra forma. La lucha contra la guerra imperialista requiere la unidad internacional de los trabajadores. Alinearse con alguno de los bloques o potencias coloca a la izquierda y la clase obrera como partícipes de la guerra que en definitiva conduce a una masacre de los explotados y una pugna entre explotadores por la dominación mundial. La lucha contra la guerra es la lucha contra los gobiernos que la llevan adelante.

Vamos por una movilización de masas: fuera el imperialismo de América Latina! Fuera la flota yanqui de Venezuela y el Caribe! Fuera las reformas antiobreras (jubilatoria, laboral, educativa) y la derecha fascista. Por gobiernos de trabajadores y por la unidad socialista de América Latina.

Rafael Fernández

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