Delcy Rodriguez en Nueva York: el epitafio del chavismo

La presencia de Delcy Rodríguez en la 81° Asamblea General de la ONU y su encuentro con Trump ha sido descrito por los grandes medios como el sello del nuevo alineamiento venezolano. Se trata de algo más.

A finales de septiembre de 2026, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, protagonizó en Nueva York uno de los momentos políticos más simbólicos desde la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero. Su participación en la Asamblea General de la ONU —la primera de un jefe de Estado venezolano en persona desde 2018— y, sobre todo, su reunión a puerta cerrada con Donald Trump, generaron amplia repercusión. Materializa el nuevo orden de subordinación de Caracas a Washington y el fin definitivo del chavismo residual.

El País de Madrid describe el encuentro como el sello del “deshielo” entre ambos países y, más allá, como la formalización de la entrega del régimen chavista a Estados Unidos. Rodríguez asistió impertérrita al discurso de Trump ante la Asamblea, en el que el presidente estadounidense calificó a Maduro de “dictador criminal” y se refirió al petróleo venezolano como “botín” del vencedor tras el “mayor acuerdo petrolero de la historia”. El diario español subraya el contraste con el pasado: la misma dirigente que en 2019 denunciaba las “garras imperiales” de Trump ahora agradece su cooperación y habla de una nueva etapa de relaciones bilaterales.

Los medios subrayan la ironía geográfica que representaba la de su antiguo jefe Nicolas Maduro, encarcelado en una prisión en Brooklyn, a escasos 15 kilómetros de la sede de la ONU. Según fuentes oficiales citadas por el locatario New York Times, Trump insistió en la necesidad de elecciones y Rodríguez accedió.

Rodríguez pasó de dirigente chavista a interlocutora de Washington, al frente de lo que muchos consideran un protectorado estadounidense. La visita y la foto con Trump otorgan legitimidad internacional a un gobierno interino nacido de una intervención militar; el discurso marca una ruptura total con la retórica antiimperialista del chavismo; la promesa de elecciones carece de plazos y genera escepticismo y desmoralización en la oposición derechista; y el trasfondo económico —el control privilegiado de reservas petroleras y la reinserción en organismos multilaterales— define la nueva relación. Rodríguez se presentó como gestora de una transición y de la reapertura económica.

La Casa Blanca publicó un documento (“fact sheet”) que detalla las cifras de lo que Donald Trump describe como «el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial». Ocho meses después de la operación “Resolución Absoluta” —ejecutada el 3 de enero, cuando las fuerzas especiales de Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro y su esposa y procedieron a la instalación en Caracas de unas «autoridades provisionales» originadas en las propias entrañas del chavismo pero respaldadas por Washington—, ese documento de tres páginas establece la cesión, durante un siglo, de 65.000 millones de barriles de las reservas probadas de petróleo venezolano a una compañía privada en la que el gobierno estadounidense detenta, de hecho, el control mayoritario. En otras palabras: tras una operación de decapitación, y tras la imposición de un régimen de carácter esencialmente vasallo, sin transición política y un cambio de régimen parcial, se inicia la etapa en la que el centro imperial se apropia de los beneficios a través de mecanismos híbridos. Algunos analistas han descrito el estado de cosas como una reforma desde dentro, y no un “borrón y cuenta nueva”, en el sentido de que una enorme parte de la estructura de poder se mantiene bajo mando, al menos nominalmente, del antiguo personal. Diosdado Cabello sigue en Interior, lo mismo ocurre con los mandos judiciales y militares, así como la Asamblea Nacional, presidida por Jorge Rodriguez, el hermano de Delcy. Marina Corina Machado, la líder opositora, ha sido marginada e impedida de regresar al país. Otros observadores han definido este proceso como una suerte de “Perestroika” caribeña, donde EEUU tutela, pero se centra en la dimensión económica de la transición.

El pacto que ha sellado este chavismo remanente resulta histórico por diversas razones. Venezuela ha transferido, en condiciones plenamente asimétricas, su principal recurso a una empresa privada encabezada por un oligarca que amasó su fortuna bajo el amparo del chavismo. Alejandro Betancourt López, un empresario venezolano al que la prensa estadounidense apoda el «virrey del petróleo» del nuevo régimen. Figura destacada de los «bolichicos », jóvenes empresarios que se enriquecieron gracias a la contratación pública durante el mandato de Chávez.

Dicha compañía es propiedad parcial de la potencia “protectora”, la cual ejerce un dominio casi total sobre su consejo de administración, mientras que sus contratos quedan sujetos a las leyes y tribunales de aquella. Se trata, casi en sentido literal, de un plan de gobierno neocolonial.

“La administración ha elaborado una lista de gastos aprobados y prohibidos. Caracas puede utilizar los fondos para pagar a los maestros, adquirir suministros médicos o bienes necesarios para la industria petrolera” (Financial Times). “Sin embargo, según las fuentes, Washington no ha permitido que Venezuela utilice esos fondos para realizar pagos a empresas chinas o rusas que operan en el país.” (ídem). América Latina ha entrado hace tiempo de lleno en la guerra imperialista entre potencias que domina el escenario mundial.

Venezuela es un país devastado por uno de los colapsos económicos más profundos de la historia moderna. La transformación del país en un protectorado sui generis no será un proceso pacífico ni mucho menos.

La consolidación de Delcy Rodriguez en este marco pone el ultimo clavo al ataúd del experimento nacionalista burgués militar que bajo el espectro de su fundador dominó en el país durante un cuarto de siglo. El Financial Times lo sentencia mejor que nadie: “Muchos en la oposición temen que Rodríguez se esté volviendo indispensable para Trump al ofrecer un acceso sumamente favorable a los recursos del país que ningún otro líder aprobaría” (22/9).

La izquierda, sobre todo aquella que hizo un seguidismo acrítico del chavismo, incluso hasta los descuentos, se ha llamado a silencio o mira para otro lado esperando que aclare. La lucha contra la guerra y la barbarie requiere la movilización independiente de los explotados y no la expectativa en gobiernos impotentes y cómplices.

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