Internacionales

Bielorrusia, una situación revolucionaria

De acuerdo a lo que trasciende de algunos blogs, unas 150 fábricas siguen en huelga y desarrollan manifestaciones en puertas de fábrica, al mismo tiempo que el gobierno despliega fuerzas especiales de represión y envía al ejército a la frontera oeste de Bielorrusia, donde de un lado hay huelgas muy importantes y del otro se encuentra una potencia hostil como Polonia, muy activa en la crisis. Objetivamente, o como diría Lenin, con independencia de lo que piensan las clases en conflicto, se ha creado una situación revolucionaria.

La oposición democratizante pro-occidental ha formado un Comité Coordinador; también han surgido dos comités de huelga – uno ligado a la Coordinación opositora, que incluye incluso a gerentes de empresa. Otro Comité, autodenominado independiente, se encuentra en manos de dirigentes partidarios de una restauración capitalista hasta las últimas consecuencias. Tendríamos un principio de doble poder entre los comités de huelga en las empresas, de un lado, y quienes invocan su representación política, del otro. La Unión Europea y Estados Unidos, o sea el imperialismo, tienen las riendas de la coalición opositora – los comités de fábrica carecen de dirección política. Las contradicciones propias de esta situación han llevado al Comité Coordinador a apoyar de palabra las huelgas, cuando con anterioridad había reclamado su levantamiento.

La crisis bielorrusa, como ha ocurrido con las que las precedieron en Ucrania, Georgia, Serbia y Armenia, tiene un carácter internacional. El catalán Joseph Borrel, jefe de Exteriores de la UE, explicó en un largo reportaje concedido a El País, que la UE quiere una salida ´a la Armenia´, en referencia a desplazar a la vieja ´nomenklatura´ pro Moscú con el acuerdo del mismo Moscú, o sea con garantías de que no sería alterada la dependencia de Armenia del Kremlin. Algo similar ha planteado Carl Bildt, por largo tiempo diplomático internacional de la UE.

Putin no parece acordar con este criterio, simplemente porque Bielorrusia ocupa un lugar internacional diferente a Armenia, o sea que está en el patio europeo. Un gobierno democratizante se vería aprisionado entre la presión a favor de una contrarreforma capitalista, de una parte, y el descontento popular del otro. Esto hace suponer que, si Lukashenko no resuelve la crisis con sus métodos, Rusia debería intervenir militarmente. Esta intervención militar extendería más allá de sus fuerzas el radio de tutela de Rusia – en parte de Georgia, oriente de Ucrania, parte de Moldavia y la participación en la guerra que no cesa en Siria. El envenenamiento del opositor Navalny, ahora hospitalizado en Alemania, obedeció a que estaba agitando la rebelión regional en provincias del este de Rusia. El empantanamiento internacional se suma al desmoronamiento del régimen de Lukashenko, para crear un agudo impasse de ‘los de arriba’. De proseguir, este estancamiento acentuaría la actividad de las masas y su deliberación política. La revolución es un proceso de maduración, no tiene signado su destino por el esquema que maneje un burócrata o un pichón de ese tipo.

El desenvolvimiento de la crisis revolucionaria en Bielorrusia ilustra muy adecuadamente lo que haría (y por lo tanto debería hacer) una IV Internacional actuante, que intervenga como tercera potencia internacional en discordia. Caracterizaría la situación en su conjunto; denunciaría la represión, de un lado, y los intereses de clase y la hipocresía de la oposición democratizante y sus mandantes, del otro; llamaría a los obreros a liderar el derrocamiento de Lukashenko; convocaría a independizar los comités de huelga de la oposición burguesa; insistiría en la necesidad del armamento de los trabajadores; mandaría brigadas de militantes internacionales ruso-parlantes para colaborar en la formación de un partido revolucionario.

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Jorge Altamira

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