La paridad cambiante de votos, que acapara las noticias, entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, apenas da cuenta del contexto histórico que ha envuelto a las elecciones.

El contraste entre la primera vuelta, cuando se produjo una dispersión electoral fenomenal, entre una decena de candidatos que se encimaban unos a otros con sus escasos sufragios, con la polarización que se vio el domingo 6, sólo puede atribuirse a una consecuencia del sistema de balotaje en un análisis superficial. Pedro Castillo presentó un programa que prometía reactivación, salud y redistribución de ingresos, en el molde del centroizquierdismo. Fujimori, heredera política del régimen de guerra civil de su padre y las fuerzas armadas, se corrió al centro con un programa de derecha. Nada explosivo en los países desarrollados y en la mayoría de los que no lo son. Sin embargo, en Perú, las fuerzas sociales que uno y otra acabaron expresando, representan, con todas las deformaciones del caso, una polarización histórica real, entre la oligarquía y el cholaje que gira en su entorno, y las masas rurales y urbanas desposeídas. Es decir que la historia se infiltró por el mapa confuso del primer turno, y convirtió a la elección en un choque simbólico real, que de aquí en más se convertirá en más real. La derecha no va a permitir que le arrebaten lo que considera una victoria que no obtuvo, al punto que depende, en el mejor de los casos, de los electores que votaron fuera del país.

En la elección peruana se jugaba, de una manera difuminada, una pelea internacional. Keiko Fujimori es la carta de Iván Duque, Jair Bolsonaro, Luis Lacalle, naturalmente el ecuatoriano Lasso, y los ‘piñeristas’ chilenos que se resisten a dar todo por perdido. Pedro Castillo irrumpió como el candidato internacional de nadie, pues la apuesta del kirchnero-lulismo era Veronika Mendoza, una diputada bendecida por Alberto Fernández en un acto en la frontera argentino-boliviana. Es decir que en el terreno electoral de Perú se hicieron presentes los grandes choques como las rebeliones chilena, colombiana y la que emerge en Brasil. El imperialismo se siente obligado a asegurar que asuma Fujimori, no importa que haya estado en la cárcel y pueda volver a ella por corrupción. Desde 1985, o sea después de la expulsión de Fujimori padre, Perú no ha podido imponer presidente a mandato completo, en especial por la acción corruptora de Odebrecht y las constructoras brasileñas, que se internacionalizaron con Fernando Henrique Cardoso y Lula. La intentona de la hija de reconstruir las herramientas de arbitraje (bonapartismo) de su papá, tiene por ahora características de quimera.

Sobre esta superficie política, la pandemia cayó sobre las masas peruanas como una bomba atómica. Décadas de boom minero no evitaron que a Perú le faltara oxígeno y que los muertos quedaran en las veredas. El ‘éxito’ neoliberal salió fulminado de esta experiencia. El domingo pasado, el electorado enfrentó el mayor pico de contagios de toda la pandemia. La reconstrucción de un sistema de salud, que sea real, o sea que supere con creces el actual, en derrumbe y privatizado, se encuentra fuera del alcance de cualquier gobierno convencional, sea centroderechista o centroizquierdista.

Cruzado por las rebeliones populares en sus fronteras; por dos décadas de gobiernos fallidos; y por una crisis humanitaria que ha descubierto y profundizado la hondura del abismo social entre una minoría de ricachones y la masa indígena y criolla; la manipulación del resultado electoral hará subir varios escalones a la crisis política. Los llamados repetidos de Pedro Castillo “a la tranquilidad” insinúan una tendencia al compromiso. Es que la mayor contradicción de las elecciones recientes es que Castillo no representa un movimiento real de las masas que se hubiera desarrollado con antecedencia a estos comicios, en tanto que Fujimori es vista con desconfianza (mal menor) por la oligarquía y el capital financiero. No faltará quien aduzca que la suba del precio internacional de los minerales devolverá a Perú a la condición de “país estable”. La perspectiva no tiene asidero: esos precios pueden aumentar aún más, pero eso subrayará el foso enorme que se ha cavado en Perú, y no contribuirá en nada a dotar al país de un sistema de salud, de mayores empleos – estables con salarios más fuertes.

Nuestra consigna es: defendamos la victoria de Pedro Castillo.

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Jorge Altamira

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