¿Uruguay viaja en el estribo de Brasil?

Para el Semanario Voces, por Rafael Fernández 

En la magnífica película “M” de Fritz Lang, un asesino de niñas aterroriza a la ciudad. La policía no da pie con bola, pero la búsqueda del asesino serial afecta al crimen organizado. Los mafiosos deciden entonces emprender su propia cacería, para poder seguir robando. La escena culminante es la asamblea de ladrones y mafiosos, donde se realiza un juicio para condenar a muerte al demente que no puede evitar asesinar.

La votación del impeachment en el Congreso de Brasil despertó en mí el recuerdo de esa escena. El videpresidente Temer y el presidente de la cámara de diputados Cunha (ambos del PMDB, integrante hasta hace pocos días de la coalición de gobierno) están denunciados por corrupción. También lo están el presidente del Senado, Renan Calheiros, y Ricardo Lewandowski, presidente del Supremo Tribunal Federal. Cunha, el principal impulsor del juicio político, tiene un proceso pendiente en la justicia. ¿El impeachment es en defensa de la honestidad? Eso es un cuento para niños.

Si se investigara a fondo en torno a Petrobras, no quedaría casi ningún político libre, irían todos presos –tanto el lulismo, que está implicado en negociados con las grandes empresas constructoras, como los ahora ‘opositores’, que hasta ayer nomas integraban el gabinete.

Lo que está detrás del golpe parlamentario, que sigue el modelo aplicado en Honduras y Paraguay, es el cambio de frente de la burguesía industrial paulista, que sostuvo al lulismo durante 12 años y ahora lo derriba para imponer un cambio de política económica y de política exterior. La caída de la producción, el derrumbe de Petrobras (cuyas acciones se desplomaron en un 90%), el enorme déficit fiscal, y la sensación de que Rousseff no sería capaz de imponer un gran ajuste contra los trabajadores, son la causa del golpismo. También un planteo de orientarse a acuerdos con la Unión Europea y hacia el TTP (alianza para el Pacífico).

El lulismo es tirado como un limón exprimido. Estamos ante el fracaso del “frente popular”, es decir, de un gobierno de colaboración de clases que fue útil para los capitalistas para mantener al movimiento obrero controlado en circunstancias de descomposición de los partidos ‘tradicionales’, pero que agotó sus posibilidades. Para gobernar, dijo Lula, “hay que tragar sapos”. Entre ellos, aliarse a partidos y personajes burgueses y derechistas. Ahora estos aliados son los que derrocan a Dilma.

Todos los gobiernos ‘progres’ de América Latina están en retirada. Ya se fueron los K, Maduro perdió en forma aplastante en elecciones parlamentarias, Evo fue derrotado en el referéndum, Bachelet está al borde del abismo…

Quienes pronosticábamos este escenario, éramos considerados poco realistas o ilusos. Eran festejados y aplaudidos los improvisados que proclamaban que “Uruguay tiene que subirse al estribo del Brasil porque será una superpotencia de las que corta el bacalao grueso en el mundo”. No pretendo cargarle las tintas a Mujica, que en todo caso llevó al extremo la tendencia de la burguesía ‘nacional’ a cranear ‘negocios’ al mejor estilo de “El baño del Papa”. La burguesía latinoamericana fue incapaz de industrializar al continente, en condiciones de ingreso excepcional de divisas y precios récord de las materias primas, lo cual confirma una vez más su impotencia ya bicentenaria. La izquierda uruguaya, que persiste en buscar “burgueses como la gente” que sean capaces de desarrollar las fuerzas productivas, seguramente tropezará más veces con la misma piedra.

Uruguay viaja, efectivamente, en el estribo de Brasil. El país norteño es el segundo destino de las exportaciones (el primero es China, otro país que entró de lleno en la crisis). Caen los precios de las materias primas; caen la producción industrial y la construcción; el déficit fiscal ronda el 4% del PBI; se disparó la inflación (más de 5% en apenas tres meses); el gobierno dilapidó ¡en un año! el 52% de las reservas sin contrapartida del BCU (4.000 millones de dólares, cuatro veces el agujero de Ancap) para mantener una política económica fracasada.

Los trabajadores debemos repudiar el golpe y movilizarnos contra los golpistas, sin depositar ninguna expectativa en los gobiernos ‘progres’ que aplican ellos mismos un ajustazo contra los salarios y conquistas. Debemos derrotar el golpe y luchar en la perspectiva de un gobierno de trabajadores, y de la unidad socialista de América Latina.