Turquía, después del golpe fallido

El movimiento obrero turco, en unidad con los independentistas kurdos, sistemáticamente atacados por Erdogan, son los únicos que pueden dar una salida frente al hundimiento del Estado y la bancarrota del imperialismo.


La frustrada intentona golpista de un sector de las Fuerzas Armadas contra el presidente Recep Tayyip Erdogan se saldó con casi 300 muertos (más de 160 civiles), 1.500 heridos, 3.000 militares detenidos (70 generales) y 2.800 jueces desplazados. El gobierno, apoyado en el sector leal del ejército, la policía y los servicios de inteligencia, pudo recuperar el mando en menos de 24 horas.

Turquía es una potencia militar estratégica en Medio Oriente (con un ejército de 700 mil efectivos) y un gendarme regional del imperialismo. La amenaza de que la inestabilidad creada en el país potencie todos los desequilibrios regionales llevó a las potencias (Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea) a encendidos llamados a conservar la estabilidad política.

La fractura interior

Si bien Erdogan se ha visto beneficiado con una compleja -y hasta contradictoria- red de acuerdos con Estados Unidos, la Unión Europea, y ahora también con Rusia, tiene su talón de Aquiles en una profunda fractura del aparato estatal que el golpe dejó en evidencia. El régimen que debe cumplir un papel de gendarme regional del imperialismo enfrenta una crisis interna.

Erdogan responsabilizó del golpe a Fetullah Güllen, un ex aliado -también islamista- que se encuentra exiliado en Estados Unidos. Lo acusó de manejar un “Estado paralelo” desde las sombras y apuntó también a los Estados Unidos, al que reclamó la extradición de Güllen. Contradictoriamente, el sector de las Fuerzas Armadas que se levantó se reclama laico, mientras Erdogan, como Gülen, fue pionero en apuntalar la islamización del régimen.

Crisis capitalista

Turquía no es ajena a la bancarrota económica mundial: viene de una escalada devaluatoria e inflacionaria, y de un aumento de las tasas de interés, que galopan sobre la crisis internacional y el Brexit, y afectan el consumo y a la industria doméstica. Los roces con sectores de la gran burguesía han crecido porque sus deudas dolarizadas se convirtieron en impagables.

Erdogan tiene la tarea titánica de pilotear enormes contradicciones y tensiones internacionales en este escenario de fractura estatal. El Partido Revolucionario de los Trabajadores (DIP, parte de la CRCI) ha señalado, en una declaración, que la burguesía se encuentra dividida entre un ala pro-occidental y un ala islamista, una división histórica que Erdogan supuestamente venía a “superar”, y advierte sobre el peligro de una “sirianización” del país.

Después de imponerse en las elecciones del año pasado, Erdogan anunció una reforma constitucional para convertir al régimen político turco en presidencialista. El reforzamiento de un régimen de poder personal apunta a sostener su precario arbitraje interno e incluso regional.

Perspectivas

Existen numerosas lecturas acerca de los motivos del golpe, que surgen del enredado cuadro descrito.

Hay quienes sostienen que se trataría de un autogolpe. Erdogan necesitaría una “demostración de autoridad” para cabalgar sobre las contradicciones internas y externas. Por lo menos, así lo denuncia Gülen desde Estados Unidos (The Guardian, 16/7).

Otra lectura sostenida por los kurdos, es que el gobierno dejó correr el golpe -sabiendo que fracasaría- para barrer con la fracción “gullenista” (BBC, 16/7) y estar en mejores condiciones de avanzar en su plan de establecer un régimen presidencialista, reforzando las características bonapartistas del régimen.

Cualquiera de las variantes deja en evidencia la profunda crisis del Estado turco.

Lo que sí está claro es que Erdogan intentará servirse del golpe para reforzar el camino del autoritarismo y la represión política, previa purga militar y judicial.

La crisis turca, en el epicentro geográfico y político de las contradicciones interimperialistas, revela el tránsito vertiginoso de la bancarrota capitalista a convulsiones políticas nacionales e internacionales. El movimiento obrero turco, en unidad con los independentistas kurdos, sistemáticamente atacados por Erdogan, son los únicos que pueden dar una salida frente al hundimiento del Estado y la bancarrota del imperialismo.

Emiliano Monge