Partido de los Trabajadores

Trump bombardea Siria

Jorge Altamira
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Dirigente histórico del Partido Obrero (Argentina)
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La ejecución de un ataque militar por parte de un gobierno en dificultades es un recurso político antiguo. El cine lo dejó plasmado con una memorable actuación de Robert de Niro. Donald Trump es una persona en esa situación – hace un par de días se vio obligado a remover a Steve Bannon, su mano derecha, del Consejo de Seguridad Nacional, por presión de los servicios de inteligencia y por el Pentágono. Lo mismo ocurrió con David Nunes, un republicano que presidía la comisión de seguridad e inteligencia del Senado, a quien se imputa bloquear las investigaciones acerca de la infiltración de la Inteligencia de Rusia en las elecciones norteamericanas del año pasado. En los sondeos de opinión pública, Trump ha caído al 30 por ciento.
Fracasó en derogar el programa de salud vigente y tampoco arranca su plan de infraestructura. Ha pasado, asimismo, de la promesa de desregular el sistema bancario a insinuar en la prensa el propósito de hace lo contrario –reglamentar una separación de la banca de inversión de la minorista. Por último, los informes de creación de empleo, en el primer trimestre, han sido “decepcionantes”.
Laberinto sirio
El ataque a una base militar siria el jueves pasado es, sin embargo, algo más que un operativo de distracción –responde a la necesidad de afirmar una presidencia que se ve obligada a gobernar por decreto. El mismo personaje que advirtió a Obama, en 2012, que no bombardeara Siria cuando se encontró que el gobierno de Assad usaba armas químicas, ahora aprovechó una ocasión similar, igualmente incierta, para disparar cincuenta misiles contra una base militar instalada en un pueblo de la provincia de Idlib, en el norte del país. Mientras los cohetes recorrían el corto espacio entre la flota norteamericana de lanzamiento y su objetivo, Trump ofrecía una cena al presidente de China, Xi Jinping, con quien había empezado a discutir la amenaza de hacer lo mismo con Corea del Norte, en una lujosísima residencia en Miami. Es necesario recoger todas las dimensiones de la situación del momento – crisis de gobierno en Estados Unidos, impasse en el final de la guerra en Siria, antagonismo con China-, para caracterizar la decisión de atacar la base alcanzada.
Lo realmente siniestro de lo ocurrido no es la evidencia de una masacre de seres humanos como consecuencia del uso de armas químicas. La autoría de la matanza, como ocurrió ya en 2012, está en disputa; los norteamericanos denuncian a Assad, éste a los que denomina terroristas islámicos. La posesión de este material por las organizaciones que se han desprendido de Al Qaeda, es denunciada por la prensa de todos los colores, o sea que se da como un hecho establecido. En este caso, Rusia denuncia que las armas en cuestión se encontraban soterradas en los edificios bombardeados por la aviación siria en la lucha por tomar el control de la provincia mencionada. La prueba en contrario sería que el material bacteriológico afectó a una zona muy extensa como para que hubiera sido desparramado por una explosión; los rusos retrucan que los vientos, en esos momentos, eran particularmente intensos. En la televisión norteamericana, numerosos analistas pusieron en duda que rusos o sirios hubieran perpetrado la matanza o que les conviniera hacerlo, políticamente. Después de todo, dicen, para qué irían a ‘complicar’ una guerra que están ganado.
La perfidia mayor es que Rusia había anticipado a Trump que bombardearía esa ciudad o pueblo de Idlib. Es un procedimiento regular que ha sido establecido desde el gobierno de Obama, para evitar colisiones en el aire entre las aviaciones que operan en la región. Dieciséis horas antes, el turco Erdogan, por un lado, y el sionista Netanyahu, por el otro, establecían acuerdos de seguridad con Putin, en Moscú, para la pos guerra siria (Haaretz, 6/4). Trump, por último, avisó con tiempo a Rusia que se disponía a atacar una base donde había soldados rusos. En agradecimiento a esa advertencia, Putin no activó las defensas anti-aéreas y anti-misiles que tiene establecidas en Siria. El mundo asistió a una partida de billar sobre el cadáver de centenares de personas, incluidos niños. Si esto no es una expresión de la barbarie capitalista, habría que modificar el lenguaje cotidiano.
Polvorín meso-oriental
Llegado a este punto, se impone la pregunta: ¿adónde apunta toda esta operación? Hasta un par de minutos antes del ataque, Trump parecía revistar en las filas pro-rusas de la coalición imperialista. El blanco de sus bullas era Alemania y Merkel, no Moscú ni Putin. Dentro de un par de horas, por ejemplo, el secretario de Estado, Rex Tillerson, tiene previsto arreglar con Putin varios acuerdos, en una visita programada a Moscú. Trump dijo más de una vez que quiere salir (“disengage”) de Siria, una vez liquidado el Estado Islámico, en una acción conjunta con Putin. Nikki Haley, la embajadora norteamericana en la ONU, acaba de declarar que “la política norteamericana ya no es que Assad deba irse” (ídem). No es lo que opina, precisamente, Israel, que pone como condición, para subirse a este planteo, que Irán y Hezbolá se vayan de Siria, en donde juegan un rol político y militar relevante en la supervivencia de Assad.
El contraste, sin embargo, entre este palabrerío y la realidad en el terreno es enorme. Turquía, una aliada de última hora de Rusia y de Assad, saludó el ataque norteamericano. Es que Turquía quiere poner bajo su control el norte de Siria (precisamente donde se desarrolla la confrontación actual) para evitar que se instale en ese territorio un estado kurdo – sea autónomo o federado en Siria. Estados Unidos pretende lo mismo, aunque por razones opuestas, pues respalda a los kurdos con asesores y armas, y ha decidido establecer allí “zonas de seguridad”. La guerra en Mosul, una ciudad iraquí controlada por el EI, que linda al este con el norte de Siria, no solamente asiste a una enorme masacre – es también objeto de una pelea entre Turquía, que reclama una parte de ella, e Irak y el Kurdistán de Irak y Estados Unidos. La región petrolera de Kirkurk, aledaña a Mosul, es reclamada por Turquía. Israel no comparte la posición de mantener a Assad, en Siria, en un eventual acuerdo de posguerra, y ha impuesto un derecho de supervisión aérea sobre territorio sirio con la anuencia de Putin y Trump. Es natural que, frente a este enorme impasse, la revista The Economist se pregunte, después del bombardeo yanqui: Y ahora, ¿qué?
China
No hay que olvidar, llegado a este punto, el prefacio de toda esta historia: la declaración del mismo Tillerson de que Estados Unidos tenía todas las opciones abiertas con Corea del Norte. Trump había hecho público el reclamo de que China se asocie a Estados Unidos para desmantelar el programa nuclear de Norcorea e incluso voltear a su régimen dinástico-militar; ofrecía, como zanahoria, enterrar una guerra comercial con China. Es lo que conversaron Donald y Xi hace un par de días. El ataque a Siria es un paso al frente en una escalada con Corea del Norte y un apriete a China. El régimen norcoreano ha avanzado muchísimo en una vía de mercado y apertura, pero encuentra como traba, al igual que China, que ni Estados Unidos ni Japón aceptan una reunificación de la península de Corea sin armas nucleares. Si se levantara esta posición, China apoyaría una versión asiática de la reunificación alemana –bajo la tutela del capital financiero internacional.
La perspectiva de la situación mundial en este escenario de giros abruptos y virajes violentos, depende de la evolución de la crisis norteamericana, de un nuevo ‘evento’ Lehman Brothers (como consecuencia del descomunal endeudamiento internacional y de la precariedad financiera en lugares tan opuestos como Italia y China), de las crisis políticas que acechan a las principales potencias y de la lucha de clase en su conjunto de los trabajadores del mundo entero.