Punto final a las experiencias de “Frente Popular”

Por Rafael Fernández para el Semanario VOCES. Publicado el 16 de Junio 

En el marco de la crisis capitalista, presenciamos el agotamiento de dos experiencias políticas extraordinarias en las que se referencia gran parte de la izquierda latinoamericana, que nacieron como consecuencia de grandes movimientos populares. Y que llegaron al gobierno en el contexto de la bancarrota económica de fines del siglo XX.

En Brasil asistimos al vergonzoso final de la experiencia lulista. En medio de denuncias de corrupción, el PT fue desplazado del gobierno mediante un ‘golpe blando’ fogoneado por la federación industrial de San Pablo –que durante más de una década había apoyado a Lula y a Rousseff. El golpe busca profundizar el ajuste contra los trabajadores y es protagonizado por políticos tanto o más corrompidos que buscan en realidad terminar con las investigaciones judiciales. Esto no exime de responsabilidad al PT, cuya dirección se fue entrelazando con grandes empresarios a los que garantizaban fabulosas ganancias.

Lula emerge como líder de las grandes huelgas metalúrgicas del ABC paulista a fines de la década del ’70, bajo la dictadura militar en Brasil. Protagonizó, junto a toda una generación de dirigentes sindicales, el proceso de fundación de la CUT y del Partido de los Trabajadores, despreciando la posibilidad de apoyar al partido de la oposición “democrática” (PMDB). La fundación de un partido obrero basado en los sindicatos, bajo el eslogan “trabajador, vota trabajadores”, era cuestionada por la mayor parte de la izquierda tradicional (y en primer lugar, por el PC) que apoyaba una política de alianzas “policlasistas”.

Lula y las corrientes mayoritarias dentro del PT fueron tejiendo alianzas “amplias” con fracciones capitalistas e incluso oscurantistas, acercándose así a la política “frentepopulista” que adoptó hace décadas la izquierda en Uruguay. El PT llegó a firmar un acuerdo con el FMI desde la oposición, para dar garantías al capital financiero.

A diferencia de otros procesos en América Latina, en Brasil (como en Uruguay) la izquierda no llegó al gobierno tras la emergencia de levantamientos populares y derrocamiento de gobiernos neoliberales. La clase obrera vivía una etapa de relativo reflujo, por lo que la sustitución de los viejos partidos “tradicionales” se realizó en forma ordenada y evitando que la política se definiera en las calles.

Tras el desplazamiento de Dilma y del PT, el gobierno de Temer está atravesando una crisis imparable. Es probable que se apele a la convocatoria de elecciones anticipadas, lo cual podría pasar incluso si Rousseff es reintegrada a su cargo –algo posible dado que algunos senadores podrían cambiar su voto.

Venezuela

El chavismo es un resultado del “Caracazo”, un levantamiento contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Esa sublevación popular fue masacrada, con la participación del Ejército y la Guardia Nacional. En 1992, una fracción militar encabezada por Chávez intentó derrocar a Pérez a través de un alzamiento combinado con una movilización popular. La intentona fracasó, pero Chávez emergió como una figura nacional en oposición al corrupto régimen político venezolano.

El chavismo fue una nueva edición del nacionalismo latinoamericano. Las experiencias anteriores (el peronismo argentino, el varguismo brasileño, el MNR boliviano, Velazco Alvarado en Perú, etc.) mostraron la incapacidad de la llamada “burguesía nacional” de emancipar a estas naciones, de realizar transformaciones sociales profundas y de unir a América Latina. De hecho, el neoliberalismo de los ’90 se expresó a través de gobiernos que eran herederos de esos nacionalismos, entre ellos el menemismo, el MNR en Bolivia y el propio Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato.

A diferencia de Brasil, el proceso venezolano conoció una intensa movilización popular y una más aguda descomposición de los partidos tradicionales, que quedaron virtualmente extintos durante más de una década. El intento golpista contra Chávez en 2002, y la ofensiva patronal en 2003, fueron derrotadas con una enorme movilización de masas.

El chavismo realizó diversas nacionalizaciones, utilizando ingresos excepcionales por los altos precios del petróleo, pero siempre indemnizando a los capitales expropiados de acuerdo al precio de cotización de sus acciones. Una gran diferencia con otros procesos nacionalistas del pasado, para no nombrar a la Revolución Cubana –que expropió sin indemnización a los capitales norteamericanos.

El gasto social en Venezuela creció a cifras muy importantes, cosa que no hubiera sucedido con gobiernos “tradicionales”, pero no existió una transformación social. El “socialismo del Siglo XXI” no realizó ninguna tarea de carácter anti-capitalista. Los choques con el imperialismo fueron notorios, pero ni Chávez ni Maduro dejaron de pagar la deuda externa ni nacionalizaron la banca. Maduro se ha jactado de pagar en los últimos 20 meses nada menos que 35.000 millones de dólares, frente a una deuda de PDVSA de 50 mil millones, y unas reservas internacionales que apenas alcanzan la quinta parte de dicho endeudamiento.

La corrupción de la burocracia estatal, entrelazada con la nueva ‘boliburguesía’, es un factor de desorganización económica, tanto como el sabotaje organizado por otras fracciones del capital y por la campaña de la derecha.

El chavismo ha perdido las últimas elecciones y el control de la Asamblea Nacional. Si se convocara al referéndum revocatorio, no cabe ninguna duda que Maduro lo perdería. Estamos por lo tanto ante un fin de ese régimen político de características bonapartistas plebiscitarias. Chávez se jactó de ganar siempre en las urnas, y esa era la base de su régimen (junto al apoyo de las FF.AA., obviamente). Solamente en 2008 perdió en un plebiscito e hizo cuestión de honor cumplir con el resultado electoral. Si Maduro desconoce las firmas para el revocatorio, y disuelve al parlamento, se pasaría a un bonapartismo de facto. Otra alternativa posible es que a través de una negociación entre Capriles y una fracción del propio chavismo, se organice una transición hacia alguna forma de cogobierno o cohabitación. La OEA con Almagro a la cabeza impulsa su propia variante golpista, para darle el gobierno a la derecha que controla la Asamblea Nacional.

Cuba

La revolución cubana colocó el horizonte de la revolución socialista, algo que la mayor parte de la izquierda latinoamericana rechazaba. Los partidos comunistas planteaban la necesidad de una alianza con la burguesía democrática, no su confiscación.

Tras el derrumbe de la URSS y la restauración capitalista en China, la mayor parte de la izquierda protagonizó una violenta integración al capitalismo. Algunas fracciones que resistían este giro encontraron en el chavismo una referencia. Sustituían así el programa anti-capitalista de la revolución cubana, por el objetivo aparentemente más “realista” del nacionalismo bolivariano.

Mientras culminan dos experiencias fundamentales de la izquierda como el lulismo y el chavismo, Cuba se encuentra a su vez en una encrucijada. ¿Prosperará un acercamiento al capitalismo mundial, de la mano de negociaciones con Obama o sus sucesores? El bloqueo aún no ha sido levantado, y es una moneda de cambio en esas negociaciones donde se reclama a Cuba mayores concesiones a la penetración del capital, que conducirían a una restauración plena del capitalismo en términos coloniales.

El agotamiento de las experiencias nacionalistas (Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia) y de los ‘frentes populares’ policlasistas (Brasil, Uruguay, Chile), no dan paso a una nueva “ofensiva neoliberal”. Los gobiernos tipo Macri o Temer son precarios y débiles, carecen de los recursos para llevar adelante una ofensiva de conjunto, en el marco de una crisis que ha dado un salto cualitativo.

La izquierda latinoamericana debe colocar otra vez su mirada en el ejemplo que colocó la revolución cubana. La lucha por gobiernos de trabajadores y por la unidad socialista de América Latina es la única salida para el continente, y para romper el aislamiento de la propia Cuba.