Marxismo y cuestión agraria

Hace más de cien años una polémica se instaló en el seno de la socialdemocracia alemana. Los ‘autoconvocados’ terratenientes alemanes de la época exigían medidas proteccionistas -reducción de impuestos, incremento de aranceles a la importación de cereales extranjeros- frente a una importante crisis agraria y un creciente endeudamiento. Lograron atraer a una supuesta comunidad de intereses a la mayoría de los campesinos de Alemania y a una parte de los obreros agrícolas, creando una amplia base de apoyo social en defensa de sus intereses.

En el partido socialdemocráta alemán la cuestión fue debatida en los términos de si era o no aconsejable atraer a los campesinos a la esfera de influencia de la socialdemocracia, y separarlos de los grandes terratenientes. Una fracción planteó la necesidad de elaborar un programa político agrario para “evitar que las botas herradas de los campesinos y de los hijos de los campesinos se vuelvan contra nosotros tenemos que neutralizarlos, pacificarlos”. La situación de los campesinos tendrá que ser aliviada mediante una actividad fundamentalmente reformista, señalaba Vollmar, quien esgrimía la necesidad de “proteger a los campesinos”. Otro vocero, afirmaba que “Ahora lo importante era la agitación práctica, no la gris teoría”. Detrás de la defensa de los campesinos contra los agravios a los que eran sometido por el régimen social se colaba la reivindicación de la pequeña propiedad. La presentación de un proyecto de “programa agrario” por parte la fracción reformista del partido socialdemócrata alemán realizaba importantes concesiones a los campesinos, aunque supuestamente sin perjudicar a los obreros. Casi todos los puntos del programa constituían, según sus críticos, una imitación de los programas adversarios.

Un planteo socialista

Frente a estos planteos, Engels publicó una declaración en 1894, en el órgano Vörwarts de la socialdemocracia alemana, donde señalaba que “el capitalismo destruiría la propiedad pequeño campesina. Los socialdemócratas carecían de motivos para acelerar este proceso; tampoco había reparos que poner a medidas que hiciesen menos dolorosa la ruina del pequeño campesino. Pero pretender, en general, mantener la clase pequeño campesina sería pedir lo imposible, y significaría sacrificar los principios socialistas y convertirse en reaccionarios consecuentemente”. Con la orientación de defensa de la propiedad privada campesina se podía lograr la conquista de aquellos pero abandonando a los “mozos de granja y a los jornaleros, perdiendo políticamente más de lo que ganamos”.

Acto seguido, Engels critica el programa de la socialdemocracia francesa aprobado en Nantes, que iba por el mismo camino que los reformistas alemanes. Allí señala que “la tarea principal del partido socialista en Francia seguiría siendo la de convencer al campesino de que su casa y sus campos sólo pueden salvarse si se transforman en explotación cooperativa. Pero en la medida en que los campesinos preserven en la explotación individual, serían irremediablemente eliminados un día. No debe prometerse al campesino propietario de las pequeñas parcelas la conservación de la propiedad individual frente a la superioridad de la producción capitalista. Lo único que puede asegurárseles es que el socialismo no intervendrá en contra de su voluntad en cuanto al modo de producción”. Propuso como principal objetivo atraer a los obreros rurales que los pequeños productores explotaban. “Esparcid la semilla de la socialdemocracia entre los obreros, dadles el coraje y la solidaridad necesarios para defender sus derechos (…) es mucho más importante ganar al proletariado rural del este del Elba que a los pequeños campesinos de Alemania occidental o a los campesinos medios del sur de Alemania”.

Kautsky fue quien concentró la crítica en la ruptura del programa agrario y las bases teóricas hasta entonces vigentes de la socialdemocracia. Desde el vamos, Kautsky planteó la cuestión de si era o no tarea de la socialdemocracia la preservación del pequeño campesino. El objetivo irrenunciable consistía en conquistar todo el poder del Estado por medio de la clase obrera. Por esta razón, sólo podrían reivindicarse reformas dentro del orden estatal y económico existente en la medida en que con ello se fortaleciese el poder de resistencia del proletariado.

Kautsky reconocía la heterogeneidad de los ‘autoconvocados’, es decir, las distintas capas rurales. “El campesino pequeño con una propiedad de hasta cinco hectáreas pertenecía más bien al proletariado rural que al campesinado. En el transcurso de la lucha de clases sería absorbido por el proletariado por ser sus intereses idénticos a los de los obreros. No hay que temer las botas herradas de estos campesinos. Son explotados y en caso de necesidad se volverán contra nuestros enemigos.”. Luego, el pequeño campesino, que ni emplea obreros asalariados, ni tampoco depende del trabajo asalariado para subsistir engendra la inclinación por la propiedad privada; su posición es conscientemente apoyada por los adversarios, agrarios y conservadores, de la socialdemocracia. Señaló que para la socialdemocracia sería imposible ganar a estos campesinos mientras continúen en plena posesión de su propiedad. Pero el desarrollo de la acumulación capitalista conduce hacia la caída de la pequeña propiedad, frente a la superioridad de la gran explotación agraria capitalista. La socialdemocracia no tendría motivo para defender el mantenimiento de la propiedad de la tierra, dado que para ellos habría que fortalecer dicha propiedad. El objetivo, entonces, es hacer comprender claramente al campesino que su apurada situación procede del modo de producción capitalista y que la salida a su situación es la transformación de la sociedad socialista hacia orden socialista.

La política de la socialdemocracia no es aferrarse a la defensa de una forma de propiedad anacrónica condenada a desaparecer, sino ser el vehículo de una transformación social. No mirar hacia atrás, sino abrir un horizonte para adelante, explicando a los campesinos que su situación sólo tiene salida como un aspecto más general de una reorganización integral de la nación sobre nuevas bases sociales.

La protección obrera y la campesina
Kaustky, criticaba el paralelo en el que insistían los defensores del programa, entre la protección de los trabajadores y la campesina. La protección obrera es levantada por los revolucionarios frente al desarrollo capitalista que explota brutalmente al obrero, como un medio de cuidar su capacidad de resistencia, física y espiritualmente para luchar contra el capitalismo, no como medio de integración al orden social vigente. Hay que explicar, al mismo tiempo, los límites y precariedad de estos triunfos bajo el actual régimen de explotación, reforzando en los trabajadores la conciencia sobre la necesidad de acabar con él y dar paso a un gobierno de trabajadores.
Este concepto de “protección” es el que tiene que primar para la clase obrera, y vale con más razón cuando se levanta la “protección campesina”. El programa agrario de los reformista, afirma Kautsky, pretende que “la socialdemocracia dé al campesino lo que ella no puede procurar a los obreros industriales de la ciudades, a saber, la garantía de la existencia económica”. Si la socialdemocracia estuviera en condiciones de hacerlo – pone de relieve Kaustky- se conseguiría el resultado contrario del que se persigue con la protección obrera, pues “es sabido que el campesino ha ido tirando gracias a haber explotado sin escrúpulos a su mujer y a sus hijos. El mantenimiento de la pequeña explotación en la agricultura sería, pues, la vía más rápida para el degeneramiento de la población. Por lo tanto, no hay motivos para vigorizar la miserable existencia del campesino”.

La protección campesina es ante todo la protección de la propiedad agrícola. En ese carácter, el campesino tiene interés en vender los productos tan caros como sea posible, mientras el obrero quiere comprarlos lo más baratos posible. No podemos perder de vista ese antagonismo de intereses.

Estrategia y oportunismo

La discusión en torno de la cuestión agraria empalmaba con la discusión estratégica sobre reforma y revolución, en la que se inscribe la polémica sobre el revisionismo, que ya estaba en pleno apogeo.

En un pasaje de su libro La cuestión agraria Kaustky afirma que “No fueron, en un comienzo, consideraciones de principio las que empujaron a la socialdemocracia a ocuparse de las cuestiones agrarias, sino fueron más bien consideraciones prácticas, de agitación electoral las que impusieron ‘ofrecer cualquier cosa’ a los campesinos”…a cambio de votos para la socialdemocracia. La crítica de Kautsky culmina señalando que es posible que el rechazo del programa agrario centrado en la defensa de la propiedad privada entrañe una mayor dificultad para ganar votos en el campo; pero tampoco debe interesarle a la izquierda revolucionaria atraer simpatizantes que se alejan luego del partido en el momento decisivo, cuando ya nada tienen que ganar. Se intentaba, dice Kausky, la elaboración de programas agrarios antes de ponerse de acuerdo sobre los principios de una política agraria socialista para el campo.

En contraposición al revisionismo que se integra al régimen capitalista señala: “La socialdemocracia es el partido del proletariado comprometido en su lucha de clases, pero no es únicamente esto; es al mismo tiempo un partido de la evolución social, aspira a conducir a todo el cuerpo de la sociedad a una forma más elevada que el estadio del capitalismo actual. Su carácter distintivo es precisamente la fuerte unidad que ella sabe establecer entre estas dos tareas. Estos dos elementos se confunden en uno solo, pues la lucha de la clase obrera por su emancipación la conduce a la abolición del régimen de explotación y a fundar un orden social superior, el socialismo”.

Estas premisas fueron, precisamente, el blanco del ataque del revisionismo. “Si hoy se plantean – dice Kautsky- los interrogantes sobre si los objetivos finales son más importantes que el movimiento, si hay que adjudicarle una importancia mayor a la práctica que a la teoría, etc., esto está muy lejos de ser una señal de progreso teórico por encima de nuestros maestros; prueba, por el contrario, que hemos retrocedido en relación con ellos…”.

Señala que la socialdemocracia se ocupa a la vez del movimiento y de los objetivos, dos cosas inseparables “Pero si estos dos elementos alguna vez entrasen en conflicto, sería el movimiento el que debería someterse”. En otros términos, el desarrollo social tiene primacía sobre los intereses del proletariado y la socialdemocracia no puede proteger los intereses proletarios que obstaculicen el desarrollo social. Este conflicto en general no se presenta porque los intereses del desarrollo social coinciden con los del proletariado, el cual es, por consecuencia, el resorte efectivo de ese desarrollo. El progreso del maquinismo ha causado ciertamente una miseria infinita a la población obrera, pero la política de la clase obrera – salvo en sus albores- no ha sido destruir las máquinas o impedir su ingreso a las fábricas sino defender las condiciones laborales y salariales de la clase obrera frente a las nuevas circunstancias.

El afán por atraer a la masa campesina no puede ser a expensas de renunciar el objetivo estratégico. Esa aproximación termina provocando el efecto inverso.

No se desecha de plano un programa transicional. En La cuestión agraria, aborda distintos planteamientos y consignas entre los que figuran la nacionalización de la tierra y del comercio exterior, la nacionalización de las hipotecas, entre otras. No es el hecho de contar con reivindicaciones transitorias lo que cuestiona el dirigente socialista alemán, sino el ángulo y las características de abordaje del problema agrario, tomado en su conjunto. La necesidad de elaborar una política sobre base de principios.

Los renegados de Kautsky

Evitando la comparación anacrónica y guardando las distancia, tenemos un escenario similar por parte de la Unidad Popular, comandado por el 26 de Marzo, el PCR y Abella que apoyan las “justas reivindicaciones” de los ‘autoconvocados’, diferenciando a los pequeños de los grandes propietarios de tierras. Pero lo que hace cien años podríamos admitir como un atenuante, ya no vale. La figura del pequeño productor es usada por esta izquierda como una coartada para apoyar a un movimiento comandado por la ARU, la Federación Rural y los grandes estancieros. La bancarrota política y teórica queda más al desnudo cuando salta a la vista que los protagonistas de esta rebelión no son pequeños propietarios arruinados o en vías de serlo, sino prósperos capitalistas agrarios que además de su propiedades arriendan tierras ajenas. Está claro que ese accionar de esa izquierda está desprovisto del menor propósito estratégico, que es, en definitiva, lo único que importa. Con más razón ahora, cuando asistimos a una crisis de conjunto y de la cual la crisis agraria ha sido apenas una de sus manifestaciones. Esto plantea la necesidad de elaborar una salida de conjunto, que no puede ser otra cosa que obrera y socialista.

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