La rebelión popular en Irán

Aunque hayan sorprendido incluso a una mayoría de observadores, los levantamientos populares en Irán, en la última semana, estaban potencialmente inscriptos en la crisis de régimen político que se ha desarrollado en casi dos décadas. La orientación nacionalista del régimen de los ayatollahs y sus choques con el imperialismo derivó en una política de autarquía económica que agotó rápidamente sus posibilidades y provocó un freno en el desarrollo de las fuerzas productivas. La desocupación y la inflación asumieron niveles cada vez mayores, e incluso un alcance catastrófico para la masa más pobre de la población. La salida del ‘populismo’ y la liberalización económica se convirtieron en la piedra de choque entre la mayor parte de la burguesía y el aparato estatal controlado por las camarillas clericales y el aparato militar (la guardia revolucionaria).  Esta crisis dio lugar a los levantamientos populares en 2009, y a cambios políticos sucesivos, que dieron la victoria formal al grupo ‘renovador’ o ‘liberal’. En 2009, la agenda de los levantamiento fue ocupada por una agenda política con fuerte componente laico – incompatible, en última instancia, con el régimen teocrático. En Irán, un consejo de ayatollahs designa a la mayoría de los cargos parlamentarios, y dirige las fuerzas armadas y de seguridad, o sea que el país funciona como una autocracia con adornos constitucionales, y paga, en consecuencia, todo el costo de mantenimiento de esta casta parasitaria. La victoria electoral de los liberales en dos ocasiones, no dio lugar, sin embargo, a ninguna modificación de régimen – tampoco con el actual presidente, Rouhani, reelecto en mayo pasado con el 57% de los votos.

La salida ‘liberal’ a la inflación y el estancamiento ‘populista, entrañó, como en todo el mundo, una política de ‘ajuste’ y de ‘realismo económico’ (tarifazos y retiro de subsidios al consumo), que agravó la miseria popular. La expectativa de obtener financiamiento e inversiones internacionales quedó frustrada, a pesar de que ella fue la gran contrapartida que prometieron EEUU, la UE, Rusia y China, a la renuncia, por parte de Irán, a proseguir con su desarrollo nuclear. Irán necesita u$s100 mil millones para mantener su nivel de producción actual. Las sanciones económicas contra Irán fueron levantadas en forma muy retaceada; Trump ha adoptado nuevas sanciones, en violación al acuerdo, e incluso amenazado con penalidades a la petrolera francesa, Total, por los convenios que ha firmado con Irán. Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, por otro lado, han desatado un ataque violento contra Qatar, por las inversiones que este emirato comparte con Iran en el yacimiento de gas más importante del planeta, y están desarrollando un plan de guerra, en acuerdo con Israel y Estados Unidos, para destruir la influencia de Irán en Yemen y Líbano. El nuevo jerarca saudí llegó a secuestrar al primer ministro libanés, para imponer un desalojo de Hizbollah del gobierno del Líbano. Trump no ha retribuido a Irán el papel que ha jugado en la derrota de Isis en Irak, y ahora el desarme parcial de las milicias chiitas iraquíes; tampoco la ‘pacificación’ de Siria, que permitió sacar del atolladero a la intervención militar norteamericana. Los sucesos iraníes plantean no solamente una crisis política extraordinaria, sino una crisis política internacional.

La chispa que encendió la pradera fue el aumento de tarifas de servicios públicos y del precio de los huevos, y la negligencia ante los desastres sociales producidos por varios terremotos. El estallido arrancó en Mashhad, el feudo del opositor ‘populista’ de Rouhani, que acicateó los primeros pasos de la revuelta, pero que enseguida perdió el control de ella. La llama se extendió enseguida al resto del país. Esta rebelión se diferencia de los levantamientos de 2009, en aspectos importantes: su base es la población más pobre, no la clase media; las reivindicaciones económicas ocupan un lugar mayor; constituyen un ataque al régimen, pero incluido el gobierno ‘liberal’ de ‘reforma permanente’; carece de una dirección política establecida con anterioridad. Rouhani pretendió, al comienzo, encauzar el movimiento con promesas de ‘correcciones’ – a la Macri. La cúpula clerical ordenó una represión limitada a las fuerzas de seguridad. Los ‘reformistas’ y los ‘conservadores’ o ‘populistas’ han cerrado filas, con la conciencia de que cualquier fisura, en esta etapa, daría una señal a la revolución. Las masas en rebelión han pasado del agravio económico a la reivindicación política, con consignas contra el régimen en su conjunto. Hacen responsable al consejo de ayatollahs y a su aparato militar por acaparar la riqueza nacional a expensas del pueblo. De este modo, el sector ‘confesional’ de la población se ha convertido en el vector de lucha por la República – no islámica, por lo tanto laica. Esto ocurre en el país más politizado del Medio Oriente, con una importante tradición revolucionaria (1953, contra el golpe de la CIA; 1979, la revolución que derrocó la monarquía).

Dada la experiencia recogida desde el aplastamiento de las revoluciones árabes de 2011, algunos ven en todo esto la mano del imperialismo. Luego del apoyo de Trump, Netanyahu y el saudita Bin Salman, la consideran un complot largamente preparado. Pero como lo explica un especialista para nada sospechoso de simpatías por el régimen, “Los iraníes han apoyado la intervención de su país en Siria e Irak. Luego de la toma de Mosul, el Estado Islámico había amenazado con invadir Mashhad”, la cuna de la rebelión en curso. Las consignas contra el aparato militar obedecen a la corrupción, no a una oposición a la política internacional (Le Monde, 3.1.18). El ‘apoyo’ de los Trump y sus secuaces refuerzan el sentimiento de independencia nacional, y constituyen esencialmente una provocación política contra la rebelión, incluso contra los gobiernos de la UE, que se han limitado a exigir al gobierno iraní ‘la defensa de los derechos humanos’.

La cuestión de la dirección política de esta rebelión será zanjada con el desarrollo de los acontecimientos. El pronóstico al respecto solamente puede ser condicional; el apoyo en forma incondicional de las acciones por las reivindicaciones populares y el repudio y rechazo de la represión, no deben confundirse con el apoyo a una dirección política que no conocemos.  El régimen deberá operar un viraje de política económica, para no caer en un impasse mortal.  La posibilidad, sin embargo, de que el aparato clerical busque utilizar la represión para liquidar diferencias con el ‘reformismo’, o sea producir un golpe de Estado. Habrá un nuevo desarrollo de la crisis internacional, dado que los acontecimientos iraníes son atribuidos a la ruptura, por parte de Trump, del bloque que negoció el acuerdo político-económico-nuclear con el actual gobierno iraní.

Es claro que se abre, en Irán y en todo Medio Oriente, una nueva etapa política, que habrá de replantear todas las cuestiones que no pudieron ser zanjadas por el aplastamiento de las revoluciones árabes.

JORGE ALTAMIRA

 

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