La caída de Alepo

Jorge Altamira
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Dirigente histórico del Partido Obrero (Argentina)
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Después de tres meses de bombardeo indiscriminado y de una incursión fulminante por tierra, el este de Alepo ha caído en manos de las tropas del gobierno sirio, apoyadas por Rusia y las milicias shiitas Irak y de Hizbollah. Alepo es la segunda ciudad más importante del país, luego de la capital, Damasco, y en cierto modo la principal en términos de centro económico y cultural. Lo que quedaba de la infraestructura de la zona ha sido convertido en escombro y la población civil ha sufrido una verdadera masacre. Ahora, una gran masa de ella se encuentra a la interperie, en condiciones climáticas extremas; su evacuación es sucesivamente interrumpida por negociaciones vinculadas a otros escenarios de la guerra en Siria.

De la revolución a la guerra
Este desenlace no es, obviamente, el resultado exclusivo de las operaciones militares. Los estados que respaldaban a la resistencia opositora al régimen sirio, con dinero, armas y asesores, la han dejado al garete. No eran pocos ni insignificantes: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Turquía, Arabia Saudita y Qatar se empeñaron en un trabajo de copamiento y cooptación de la gigantesca insurrección popular, en 2011, contra la dictadura de Al Assad, para impulsar un “cambio de régimen”, como habían hecho en Irak, contra Saddam Hussein; en Libia, contra Gadafi; más tarde en Egipto, contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes; y finalmente en Yemen, donde las masacres de la aviación saudita, en unos casos, y la norteamericana, en otros, son silenciadas obedientemente, por la prensa internacional.

Esos estados no levantaron un dedo contra la enorme represión desatada contra la rebelión popular por el gobierno de Siria, interesados en conseguir el reflujo de las masas y desviar la revolución hacia una confrontación militarizada entre aparatos. Al momento de la revolución, las fracciones de Al Qaeda o el Isis eran inexistentes en el escenario popular de Siria. La emergencia del Estado Islámico fue promovida por Turquía y la de Al Qaeda y las fracciones salafistas, por Arabia Saudita y Qatar. El gobierno de Obama inyectó dinero y asesores en el movimiento kurdo y el francés Hollande en el llamado “ejército libre”.

La guerra civil se convirtió, de este modo, en una guerra internacional por intermedio de aparatos establecidos en el terreno. A partir de contradicciones políticas insalvables, las mismas potencias que se coaligaron para producir el “cambio de régimen” en Siria entraron en choque entre sí, reacomodaron sus objetivos y dejaron en banda a sus protegidos en el terreno.

Putin
La intervención directa de Rusia en el conflicto (con el apoyo diplomático de China), en septiembre de 2015, cambió la correlación de fuerzas tanto en el plano político como militar. Ella fue una expresión directa de esas contradicciones, porque Rusia (y China) no se había enfrentado el bombardeo de Libia, contra Gaddafi, con la expectativa (al igual que China) de que obtendría un lugar en la discusión del reparto de los activos petroleros de ese país. No ocurrió nada de eso. Por el contrario, a principios de 2013, EEUU y la UE se apoderaron de Ucrania a través de un golpe palaciego y desataron el primer gran choque pos-guerra fría, que condujo a la ocupación rusa de Crimea y al apoyo de las milicias pro-rusas del este de Ucrania.

Rusia ingresa, entonces, a la guerra en Siria, no solamente en defensa de su base naval en el Mediterráneo, sino como parte del estallido de las contradicciones que se fueron acumulando desde la disolución de la Unión Soviética y del apoderamiento, por parte de las potencias imperialistas, de la ex Yugoslavia. Se manifiesta, de este modo, el alcance internacional del golpe, también palaciego, de los servicios de seguridad de Rusia, contra la camarilla de oligarcas del ex presidente Yeltsin, para frenar la tendencia a la disolución nacional.
La oportunidad política para una intervención militar, se le presentó a Putin en el momento de la enorme crisis de refugiados que paralizó políticamente a Europa, en 2015, y como consecuencia de la expansión imprevista de Isis en Siria y en Irak, lo que claramente marcaba una crisis de conjunto de la intervención imperialista en Medio Oriente. Es en estas condiciones que el gobierno de Obama alimentó la expectativa (de la que hoy, dice, “se siente responsable”) de que la intervención rusa pudiera servir como una rueda auxiliar contra el Estado Islámico y a favor de un “cambio de régimen” pactado en Siria (‘pacífico’). Rusia acababa de copatrocinar el acuerdo nuclear con Irán – al que se oponían el estado sionista, Arabia Saudita, Qatar y, hasta cierto punto, Turquía.

Alianzas disolventes
Esta alianza parcial con Rusia, y enseguida la propia intervención militar de Rusia, pusieron fin al objetivo de Turquía y de Francia de establecer una “zona de seguridad aérea” en Siria, como se había hecho en 2011 en Libia. El turco Erdogan pretendía, además, establecer un control territorial en el norte de Siria, fronterizo con su país. Esto no solamente voló por los aires: el sionista Netanyahu se trasladó a Moscú para negociar un intercambio de información aérea en la frontera entre Israel y Siria (¡lo que ha permitido a Israel bombardear columnas de Hizbollah, en Líbano y en Siria, previo aviso a los rusos!). Es de esperar que algún especialista en temas militares ofrezca, en poco tiempo, un análisis de la guerra en Siria, que destaque las contradicciones políticas y estratégicas de las coaliciones establecidas.

Un aspecto relevante de las contradicciones en el bloque imperialista ha sido la guerra del petróleo desatada entre Estados Unidos, por un lado, y Arabia Saudita y la Opec, por el otro, a partir del acelerado incremento de combustible no convencional en territorio norteamericano. La caída del precio del petróleo ha provocado una aguda crisis en las finanzas públicas de la monarquía saudita, e incluso obligado a una venta de parte de las acciones de la petrolera estatal – Aramco. Las contradicciones que afectaron la posición de Turquía, se manifestaron en el golpe militar reciente, que las autoridades turcas atribuyen a una conspiración de Estados Unidos y la UE. Luego de intentar una confrontación con Rusia, Erdogan terminó aceptando la intervención rusa a cambio del derecho a destruir el estado autónomo que los kurdos establecieron en el norte de Siria. Nada de esto le ha dado al dictador turco una salida: al contrario, la crisis con la nación kurda, en Turquía, se ha agravado enormemente, a partir de la derrota de sus agentes en Alepo y la expectativa de que las milicias kurdas jueguen un papel decisivo en el desalojo de Isis de Mosul, una región que linda con el estado autónomo kurdo del norte de Irak.

La guerra no ha terminado
Obama, mientras tanto, y con mayor énfasis Hilary Clinton en la campaña electoral norteamericana, reforzó la provisión de dinero y armas a la milicia kurda en Siria. Ocurre que los kurdos son decisivos para derrotar a Isis en Mosul, la ciudad que ocupa en Irak. Los intentos de Obama de llevar a Putin a una acción contra Isis, en Siria, que lo alejara de Alepo, chocaron con la insistencia rusa de que los “terroristas” también operaban en Alepo – en alusión a las milicias de Al Qaeda. Las masacres descomunales que han sufrido los pueblos de Irak, Siria, Yemen y Libia, en estas guerras, no sólo exhiben el carácter genocida del imperialismo, sino que son también la consecuencia de sus contradicciones y antagonismos recíprocos. Cuando hoy la población del este de Alepo sufre una tremenda crisis humanitaria, no se deben olvidar los sufrimientos del oeste de esa misma ciudad, afectada por los bombardeos de artillería de las milicias islámicas desde la zona oriental.
La guerra no ha concluido. Apenas había ocupado el este de Alepo, el ejército sirio fue desalojado de la ciudad de Palmira por Isis. La mayor parte de la provincia de Iblid, en el norte de Siria, sigue en manos ‘rebeldes’ – lo mismo ocurre en otros puntos dispersos del país. El desalojo de Isis de Mosul avanza con enorme lentitud y costos humanos elevados. Existen denuncias que la coalición montada por Estados Unidos estaría dejando libre un corredor para que los milicianos de Isis puedan juntarse a los que operan en el norte de Siria (Raqa), a una distancia de apenas 300km), para dar batalla a los rusos.

La expulsión de Isis de Mosul, por un lado, y la ocupación de Alepo por Al Assad, dejaría un vasto territorio sirio-iraqui bajo el control de las milicias shiitas pro-iraníes, Hizbollah y la guardia revolucionaria iraní – o sea una región que va de Irán al Mediterráneo. El presidente de Irán, Rouhani, se ha visto obligado a declarar que no pretende establecer una dominación de ese alcance, aunque al mismo tiempo ha iniciado conversaciones con los talibanes de Afganistan, su frontera occidental.

Trump y Putin
Es en este escenario explosivo que aparece Donald Trump y su gabinete petrolero y militar – y sionista. Trump se encuentra forzado a operar un cambio de estrategia, porque la seguida por Obama se encuentra en una grandísima ciénaga. La oferta que está haciendo de una alianza con Rusia para acabar con Isis, debería ser interpretada, no como un ‘acercamiento’, sino como un ultimátum a Putin para que ponga en segundo plano el apoyo a Al Assad, a cambio de concesiones recíprocas en un agenda que incluye el acceso total al petróleo ruso (por ejemplo está en marcha la privatización de la petrolera Rosneft), la ‘normalización’ de Ucrania y el levantamiento de sanciones económicas a Rusia, la aceptación de la agenda de colonización sionista. Trump ha declarado oficialmente que se propone obtener un status autónomo para el Kurdistán iraquí (con sus reservas de petróleo enormes, operadas por Exxon, cuyo presidente ejecutivo ha sido convertido por Trump en secretario de Estado) o incluso una secesión de Irak. Es un temario explosivo para Turquía, eventualmente para Arabia Saudita, y, como lo ha repetido, para Irán. Es, por sobre todo, una agenda de crisis, para la burguesía norteamericana, donde una gran parte la ve como puro aventurerismo.

Rusia no tiene los recursos para su propia aventura mesoriental. La región se va a convertir en su propio pantano. Bashar al Assad no tiene condiciones de ofrecer una perspectiva a Siria, ni su ejército la capacidad de asegurar el orden interior. La costa sirio-israelí y más allá Chipre son pródigas en yacimientos de gas y una palanca, por lo tanto, para una mayor penetración de los monopolios internacionales. Putin trajo a Siria los batallones que arrasaron Chechenia y su capital, Grozny – es decir que se ha asignado un rol contrarrevolucionario consciente en el Medio Oriente.

2017, una nueva etapa
La crisis política internacional tiene una intensidad sísmica que afectará en forma brutal las condiciones sociales y políticas de los trabajadores de todos los países, y que debe ser objeto de una discusión extraordinaria por parte de toda la izquierda obrera y socialista.