Francia: un primer balance de las elecciones

Conocido el resultado electoral, el establishment respiró aliviado. El peligro de un “Frexit” (salida de Francia de la Unión Europea) quedó neutralizado. En el marco de realineamientos y desplazamientos bruscos del electorado que se venían constatando, no era descartable que pudiera producirse una nueva sorpresa como la que aconteció con el Brexit o el ascenso de Trump. En medio de un escenario extremadamente volátil e incierto, existía la posibilidad de que el ballotage terminara siendo dirimido entre fuerzas que vienen poniendo en tela de juicio la permanencia del país galo en la UE. Marine Le Pen viene sosteniendo en forma abierta esta alternativa mientras que Jean-Luc Mélenchon, que tuvo un ascenso meteórico en la recta final de la campaña -y estuvo pisándolo los talones a los candidatos favoritos- planteó la necesidad de revisar la continuidad del país en la UE.

El mundo financiero y de negocios celebró el triunfo del europeísta Emmanuel Macron (y los pronósticos que lo dan ganador en la segunda vuelta frente a Le Pen) con un aumento de la bolsa y del euro, que tuvo un ascenso como no se registraba en los últimos tiempos.

Impasse de fondo

Pero el festejo no alcanza a disimular el impasse creciente en que se encuentra sumergida la UE y como parte de ella, Francia. La UE ha sufrido en forma agravada el impacto de la bancarrota capitalista mundial. Lejos de ser una fuente de progreso y cooperación, la zona euro ha terminado acentuando las rivalidades nacionales y enfrentamientos en su interior.

La proliferación y multiplicidad de sus regímenes fiscales, presupuestarios y bancarios ha agravado los antagonismos y desequilibrios entre sus propios integrantes. Las tendencias disolventes de la crisis capitalista mundial, que se ha hecho sentir más que en el resto de los países capitalistas desarrollados, se traduce en una depresión económica que ha ido de la mano de una deflación que se viene prolongando en el tiempo.

Esta depresión ha arrastrado a la crisis al sistema bancario que está en terapia intensiva, inundado de créditos y activos de dudosa o imposible cobrabilidad. Del defol bancario y corporativo hemos pasado al defol de los estados, con deudas públicas gigantescas y que sobreviven agónicamente por el salvataje que viene implementando el BCE (Banco Central Europeo), cuya situación se ha vuelto más vulnerable que nunca.

En este contexto, el PBI de Francia no deja de retroceder desde comienzos de la década de 1980. Al mismo tiempo, se acentúan las tendencias a la desindustrialización. La “libre circulación de personas y mercancías” dentro de las fronteras de la UE ha sido utilizada por el capital para promover una deslocalización, apuntando a aprovechar la disponibilidad de mano de obra e insumos más baratos de otros países. Ni qué hablar que esto ha acentuado a niveles extremos la competencia ruinosa entre los trabajadores, impulsado la tendencia a la baja de los salarios y la precarización laboral.

Esto es lo que está en la base de una desocupación superior al 10 por ciento -que sería aún mayor si se tomaran en cuenta los subocupados y la franja de trabajadores desalentados que no buscan trabajo y por lo tanto no aparecen en los cómputos.

El rescate hecho por el Estado ha elevado la deuda a casi el 100 por ciento del PBI pero esto no ha servido para revertir el estado de situación. Al déficit fiscal que viene aumentando se agrega, ahora, un creciente déficit comercial.

Los planes en danza

La política dominante de la burguesía francesa es descargar el peso de la crisis sobre los trabajadores. El objetivo es restablecer la tasa de ganancia, en declinación. En sintonía con ello, Macron plantea una reducción de impuestos (al estilo Trump) de las sociedades y los sectores de mayores recursos. Estos incentivos a la clase capitalista van de la mano de un recorte del presupuesto cuyo principal blanco serán los gastos sociales. Aunque Macron, demagogia mediante, ha tratado de disimular sus planes, marchamos a nueva confrontación con la población.

Macron deberá probar si tiene la capacidad de poder hacer prosperar sus objetivos y ganar esta pulseada. No olvidemos que todavía está fresca en la memoria popular la gran movilización contra la reforma laboral reaccionaria. Macron, sin embargo, a diferencia del presidente saliente Francois Hollande, ni siquiera cuenta con un partido propio.

La elección francesa se da en medio de un tsunami de su clase dirigente y de un desmoronamiento de su régimen político que termina de mandar a la jubilación a algunos de los más ilustres líderes presidenciales y a los partidos tradicionales. Todo indica que marchamos a un escenario de gran fragmentación política que las legislativas, previstas para dentro de dos meses, vuelvan a confirmar. Lo que se avecina es una Asamblea Nacional atomizada, en medio de la cual Macron, un gobierno minoritario, posiblemente ensaye compromisos y “coaliciones a la carta”, al estilo de su par argentino Mauricio Macri.

Un párrafo especial merece el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), que apenas cosechó el 1% de los votos. La plataforma del NPA para las elecciones, que impulsó la candidatura presidencial de Phillipe Poutou, tuvo como centro de gravedad la lucha contra la casta política y la corrupción y a favor de un intervencionismo estatal en materia económica al estilo K. Esta orientación está en consonancia con su estrategia de promover un partido de la izquierda “amplio”. Esta tentativa de carácter centrista no lo salvó, sin embargo, de la marginalidad política.

Perspectivas

Igual que en elecciones pasadas, la segunda vuelta unificará contra la amenaza de la derecha a todo el arco “democrático”, incorporando todos los colores de este espectro político en un gran frente popular. Entre tanto, los candidatos del sector “democrático” se van cada vez más a la derecha, adoptando la demagogia xenófoba antiinmigrante y ‘antiterrorista’ de Le Pen, empezando por el propio Macron. Obviamente, esta gran operación política se va a extender a las filas de la clase obrera, apuntando a reforzar la tutela y el sometimiento político e ideológico de los trabajadores a la clase capitalista. En el 2002, buena parte de la izquierda (incluida la LCR) llamó a votar en la segunda vuelta al candidato burgués liberal (Chirac) contra el candidato nacional-fascista (Le Pen padre). Es necesario defender la independencia política de los trabajadores, y abrir paso a un reagrupamiento revolucionario de la izquierda y el movimiento obrero combativo, fundado en la estrategia del gobierno de trabajadores y el socialismo.