El congreso del PCU y la renuncia de Castillo

El XXXI congreso del PCU “100 años de la revolución de octubre”, dejó como principal dato el ascenso en la jerarquía partidaria de Juan Castillo, quien intervino en la máxima instancia como director de trabajo, cargo al cual renunció pocas horas después, al ser ratificado por el nuevo Comité Central como secretario general. El hombre recogió la votación más alta para la integración de la dirección.
Pese a que el congreso estuvo precedido de una publicidad pocas veces vista, no se conocen debates polémicos de envergadura o al menos vigorosos. Esta ausencia de alineamientos internos, discusiones o formación de corrientes queda más en evidencia si se toma en cuenta que la prensa burguesa ha seguido con mucho interés el desarrollo de este congreso. La preocupación se explica porque el PCU es una de las patas fundamentales del gobierno, no por su peso o por su caudal de votos sino por su rol en el movimiento obrero. Es a partir de aquí que se debe analizar el principal y único hecho político que dejó el congreso, la salida de Juan Castillo del Ministerio de Trabajo.
¿Cómo debe entenderse esta componenda? La migración de Castillo del gobierno es la segunda de un dirigente del PCU luego de la protagonizada por Andrade, que renunció a su banca parlamentaria para volver a ocupar la dirección del SUNCA. Se impone la pregunta de si Castillo es un hombre del PCU y el PIT-CNT en el gobierno o era un agente del gobierno en el movimiento obrero y ahora vuelve a la secretaría general del PCU para reforzar una posición más próxima a Vázquez.
Si efectivamente es así, se entiende sólo como una maniobra preventiva, pues si existiera un reagrupamiento proclive a tomar distancia de la política del gobierno esta no se expresó o no participó del congreso. Los escarceos críticos hacia la política económica del “ala Lorier” se desintegraron en este marco políticamente anémico y estéril.

La dirección del PCU se despachó con un larguísimo documento pre-congresal de más de cincuenta páginas en las que repite hasta el cansancio que “Al bloque político y social conservador se le opone el bloque político y social de los cambios” y no contentos con esta abstracción, se dice “Por supuesto que hay contradicciones dentro del bloque de los cambios, que es político y social por su forma y democrático y radical por su contenido”. Todo esto es pura guitarreada que sirve a la dirección del PCU para hacer tragable o inentendible (o ambas cosas) a su militancia el apoyo y la integración a un gobierno violentamente capitalista y proyanqui. Pero además de eso, no tiene ninguna novedad, son las viejas fórmulas del centroizquierdismo continental, que en los 80 hablaba del “bloque de la dependencia” versus el “bloque de la liberación”.
No obstante, pocos días después de finalizado el congreso, desde la editorial de su semanario, el PCU afirmaba: “Uruguay está mostrando los límites de un proceso de crecimiento basado en la inversión extranjera directa, el precio de las materias primas que producimos y exportamos, por supuesto con distribución, con políticas sociales y con avance democrático. Pero el impacto de la crisis capitalista nos pone límites (…) Nuestro país creció el año pasado y está creciendo este. Pero el crecimiento tiene tales características que está coincidiendo con un crecimiento del desempleo” (el Popular 22/6).Para superar este “límite” el PCU aboga por una “transformación de la matriz productiva” planteada en abstracto, como la llave maestra para la solución de los problemas más diversos y siempre dentro del marco capitalista, cuando este solamente puede existir a expensas del nivel de vida de las masas trabajadoras, concentrando la riqueza en un puñado de capitalistas y la miseria en la masa trabajadora.

El papel que le cabe al PCU en su relacionamiento con el gobierno es casi el de un consejero bien intencionado. Su rol en el gobierno quedó más que reducido. El hombre del aparato que estaba en una posición de arbitraje sensible renunció quedando sólo Muñiz en el Ministerio de Salud, una afiliada al partido y casi una desconocida para la propia dirección comunista.

El repliegue del PCU, que ha conducido a las desmoralización más completa a su militancia, el enflaquecimiento de sus filas, el raquitismo de su brazo juvenil y la desaparición absoluta en varios sindicatos donde ni siquiera pudieron presentar listas a las elecciones (y donde lo hicieronperdieron frente al clasismo), es la consecuencia de las limitaciones insalvables de un programa con marcadas tendencias a un planteo de defensa del orden existente contra toda crítica revolucionaria.

La salida de Castillo confirma lo que adelantó en su momento la renuncia de Andrade al parlamento: la imposibilidad de sostener la política de “profundización de los cambios”, a la vez que se consolidan los ataques al bolsillo y las familias trabajadoras.

Este fracaso es un hecho saludable: pone de relieve el agotamiento de la estrategia de la colaboración de clases y abre la posibilidad de un balance amplio para los activistas, militantes sindicales y jóvenes a la luz de la experiencia. El Partido de los Trabajadores, a 100 años de Octubre, levanta el legado del bolchevismo, la vigencia de la revolución socialista y la tarea de construir contra el Frente Popular, el partido revolucionario.